lunes, 9 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 6


Pocholo comenzó a recolectar el fruto de la planta y también cortó alguna rama para poder llevársela y, de esa forma, replantarla para no tener que volver.
-          ¡Nos vamos a hacer millonarios, Venancio!




Cuando terminaron de ahí, siguieron un camino natural que atravesaba y rodeaba la isla.
-          Mantén los ojos abiertos Venancio. Puede haber más plantas repartidas por otros lados…
-          Hemos cogido muchas ya, ¿cierto?
-          Sí, pero si encontramos más será mucho mejor. Paciencia, estamos cerca…




El otro grupo se encontró delante de la antigua cabaña de los padres de Fausto.
-          ¿Qué tal por el puente, chicos?-preguntó Rush-.
-          Ah, nada. Todo muy bonito pero ni rastro de la dichosa plantita. Menos mal que pagan bien, porque si no…
-          Tío, ¿habéis visto que hay una cabaña aquí?
-          Coño, es cierto…




Mirando la cabaña, entraron y vieron que estaba vacía y muy estropeada.
-          Aquí ha habido gente,-sentenció Rush-.
-          ¿No me digas?-dijo sarcástico Curri-. Lo que no sabemos es si siguen vivos o no.
-          ¿Has visto el estado en el que está todo? Esa gente seguro que está muerta,-comentó Jota-.
-          ¿Y cómo habrán llegado aquí?-se interesaba Rush-.
-          Anda, ve y pregúntales si te lo encuentras Rush jajaja,-rió Curri-.




Fausto estaba atento a los movimientos de aquellos tres. Se le hacía raro ver a otras personas que no fueran de su familia y aquellos no parecían malas personas, pero aún no había averiguado qué hacían allí.
-          Bueno, será mejor que sigamos buscando,-dijo Rush-.
-          Sí, no quiero que Pocholo nos eche la bronca después si no buscamos su dichosa plantita,-comentó Jota con retintín-. De verdad, qué mierda de putos drogatas y sus chanchullos.
-          Pues no lo digas muy alto que todos aquí estamos metidos en el ajo,-dijo Curri-.
-          Porque no hay otra cosa, que si no… Ya te digo yo a ti que no me veíais el pelo. Bueno, sigamos.




Yéndose de allí, Fausto y Yondo se escondieron más adelante, en el límite de su poblado. Cruzaban los dedos para que ninguno de los tres se diera cuenta de sus chozas y siguieran de largo. Pero a pesar del calor que hacía para ellos, Rush paró en el camino.
-          Ahí parece haber más bosque, ¿no deberíamos ir y mirar por allí?
-          Mira Rush, deja de dar por culo. Se está haciendo tarde, estamos aquí obligados por Pocholo porque no había nadie que se ofreciera voluntario.
-          Pues yo sí.
-          Enhorabuena por ti. Ahora vamos a seguir adelante y terminemos con esto de una puta vez, ¿te queda claro?
-          Eso te pasa por hacerte el guay,-dijo Curri con una sonrisa-.




Y sin mediar más palabra, los tres siguieron el camino sin saber que a unos escasos seis metros, les observaba Yondo escondido entre los matorrales.




Pero Rush no parecía estar tranquilo del todo y no paraba de atosigar a sus compañeros.
-          Chicos, ¿no os da la sensación de que nos están vigilando?
-          ¡QUE TE CALLES!-dijeron ambos hermanos al unísono-.




En otro lado de la isla, Pocholo y Venancio se encontraron con que el camino se dividía en dos.
-          Venancio, ¿subes la colina tú y sigo el camino yo o al revés?
-          Como quieras, me da igual.
-          Venga, subo yo, a ver si veo algo mejor desde arriba.
-          Está bien. ¿Nos vemos en el campamento?
-          Sí. Si tienes que volver, hazlo por el sitio que hemos recorrido o nos llamas y alguno de nosotros te recogemos. No queremos que nadie se nos pierda.




Y cuando Pocholo subió, pudo disfrutar de una estupenda puesta de sol.
-          El sitio es precioso… Pero en una hora esto será la boca del lobo. Tenemos que volver y hacer el campamento antes de que sea demasiado tarde.




Llamando a los miembros del grupo, les dijo que volvieran a la playa donde habían encontrado el SOS, que ahí había más espacio y podrían montar el campamento mucho mejor.
-          Gente, Pocholo nos manda volver, hora de dar la vuelta,-dijo Jota deshaciendo el camino que acababa de andar-.




Y una hora y pico más tarde, ya estaba todo montado. Había una pequeña hoguera para calentarse, estaban las tiendas de campaña puestas y Jota estaba haciendo perritos calientes en la barbacoa que habían traído.




Pocholo se interesó por lo que había hecho su equipo en la otra parte.
-          Hemos descubierto esta cabaña, lo del mensaje SOS y que la isla es preciosa pero ni rastro de la planta.
-          Pues nosotros fue llegar y encontrárnosla de frente. Por suerte había bastante y con el par de ramas que nos llevamos de vuelta, no tendremos que volver a pisar este sitio nunca más. Es grande la isla, ¿no?




Curri era el que le comentaba las cosas a Pocholo.
-          Sí, pero al haber tanto árbol despista un poco. Puede ser que sea una isla mediana.
-          ¿Habéis ido por todos los sitios?
-          Sí, hemos recorrido palmo a palmo la isla y no hemos visto ningún otro signo de vida aparte del que hay en esta playa.
-          Seguramente sería algún náufrago que se quedaría encerrado aquí y moriría con el tiempo.




Cuando el cocinero vino con el plato de los perritos calientes, todos salieron en manada a por su ración. Estaban muertos del hambre a las alturas de la noche en las que estaban.




Y tras cenar, cada uno se fue a su tienda. Estaban agotados y al día siguiente tendrían que seguir recorriendo la isla.
-          Mañana a las 8 de la mañana volvemos a la carga,-mandó Pocholo-. ¡Que descanséis!
-          ¡Buenas noches!-desearon los demás-.




Un par de minutos después, Pocholo se dirigió a su tienda para dormir también, dejando el fuego encendido.
-          Esta gente no sabe que de noche hay que apagar el fuego por si vienen las fieras. Menos mal que aquí no hay ni osos ni tigres, porque si no la tenían clara,-decía Fausto-.
-          Tío, esa comida huele demasiado bien. ¿Qué es?
-          Perritos calientes.
-          ¡¿En tu mundo se comen perros?!
-          No hombre, tienen ese nombre, pero no es carne de perro. Suele ser carne de cerdo puesta en forma de palo y luego cogen pan y le echan una salsa de tomate.
-          Yo voy a ver si se han dejado…




Y siguiendo en el más grande de los silencios, Yondo se adelantó en busca de los ansiados perritos calientes.
-          ¡No hagas ruido!




Cuando vio que habían sobrado perritos calientes, Yondo miró a las tiendas y se llevó la comida dirigiéndose con rapidez a su escondrijo.




Al llegar, Fausto se incorporó.
-          Será mejor que volvamos e informemos sobre lo que están haciendo aquí. Tengo una leve idea de por qué han encontrado este lugar…-dijo Fausto-.
-          Ahora nos cuentas allí, que yo quiero probar esto que huele tan bien. ¿Alguna vez has comido esto?
-          Sí, pero harán 40 años que no pruebo este tipo de comida. No sabes lo que echo de menos ciertas cosas de allí…




Y conforme hablaban entre ellos en un tono casi inaudible marchándose hacia la cueva, un silencioso Pocholo salió de su tienda.




Había notado en la cena un movimiento extraño junto a la cabaña abandonada y quiso averiguar si había gente allí o sólo era el viento moviendo las cosas y, efectivamente, estaba en lo cierto. Había dos personas observándolos, tal vez, desde que llegaron.




Al llegar a la entrada del escondite, vieron a Isabel saliendo de allí. Extrañado, Yondo quiso saber por qué salía de aquel lugar.
-          He salido a por agua, tío. El agua que hay allí abajo es salada y no podemos beber. Llevamos horas esperando a que anochezca para salir con más seguridad a coger provisiones de agua. ¿Qué tal vosotros? ¿Habéis descubierto algo?




Abrazando a su tío, soltó toda la presión que la muchacha llevaba encima desde esa mañana.
-          Ha sido una jornada interesante. Ahora ahí abajo os contaremos todo más detalladamente. Yo me voy bajando, que tengo una sorpresa para vosotros…




Poniéndose frente a su hija, la miró con una sonrisa.
-          Por fin te veo. He estado todo el día pensando en vosotros… ¿Cómo habéis pasado el día escondidos en ese sitio?-preguntó Fausto-.




Pocholo había seguido a Fausto y a Yondo desde lejos y, parándose a cierta distancia, pudo comprobar que había una chica también.
-          Tal vez sea una familia. Lo que me extraña es que ese sea blanco… ¿Será el náufrago del que hablaba Rush?




Sin saber que los vigilaban, Fausto e Isabel se fundían en un dulce y tierno abrazo.
-          Padre, todos hemos estado muy preocupados por vosotros. ¿Estáis bien?
-          Sí, perfectamente. Ahora lo diré con más detalle, pero sé que están buscando una planta.
-          ¿Una planta? ¿De donde sois no hay plantas?
-          Sí, pero ellos parecen que buscan esa planta porque tiene propiedades alucinógenas. Ellos le llaman droga.
-          No lo entiendo. ¿Por qué necesitan eso?
-          Ni idea, pero bueno, ve a por el agua y baja, yo voy a asegurarme de que nadie nos ha seguido.
-          Vale, te espero aquí.




Pocholo no podía escuchar nada, pero cuando vio cómo Fausto se daba la vuelta, supo que tendría que esconderse.
-          Mierda, voy a tener que salir pitando de aquí…




Escondiéndose entre la maleza, pensó que llevarse a una nativa de la isla sería, cuanto menos, interesante. Así que cuando Fausto pasó de largo le pegó un golpe en el cuello que lo dejó inconsciente.




Llevándoselo más al interior del bosque, descubrió el poblado donde vivían. Dejándolo allí, volvió hacia donde se encontraba su principal objetivo: Isabel.




La muchacha estaba cansada, pero su padre no había vuelto y tardaba demasiado. Como no quería armar mucho ruido, se fue por el lado contrario al que se había ido su padre por si había dado la vuelta a la isla y venía por ahí.




Pero al girarse, le dio la espalda a Pocholo que venía raudo y veloz a por ella que, para no jugársela, le pegó un golpe en la nuca que la dejó inconsciente en el suelo al igual que su padre…




CONTINUARÁ…