jueves, 19 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 9


El hecho de acercarse a la puerta y poder abrirla gracias a ese viejo truco de cuando era niño, fue una satisfacción personal muy grande para Fausto. Pero ahora tenía que concentrarse y averiguar qué era lo que hacía Pocholo en su casa, porque si el taxista lo había llevado allí, sería porque su hermano aún vivía en esa casa, ¿no? Tenía demasiadas preguntas en su cabeza…




Colocándose cerca de uno de los ventanales, vio a Rita. No sabía quién era, pero se imaginó que sería la mujer de su hermano. Ella estaba viendo la tele casi de espaldas a la ventana, así que Fausto pasó sin miedo de ser visto.




Dando la vuelta a la casa y colocándose en la parte posterior, vio a través de una de las ventanas a Julio. Su primera reacción fue quedarse boquiabierto, ya que llevaba 40 años sin verlo. Estaba mucho más blanco que él y… ¿se le veía un poquito de barriguita? A su lado estaba Pocholo charlando tranquilamente con él y, atendiendo, pudo escuchar parte de la conversación.
-          Yo creo que en una semana podremos estar comercializando con esta nueva droga. Vamos a hacernos millonarios jefe. Se ha corrido la voz y ya tenemos ofertas para venderla por más de 5 millones de euros.
-          Pocholo, he de reconocerlo pero trabajas muy bien. Ahora me doy cuenta de que fue muy buena idea mandarte a aquella isla.




Fausto se acababa de enterar de que su hermano era, nada más y nada menos, que el jefe de Pocholo. La ira lo reconcomía por dentro y sabía que, por muy hermano gemelo que fuera de él, lo que había hecho no tenía perdón. Así que tramó un plan para llamar la atención de Pocholo por lo que, muy rápido, corrió pasando por delante de la ventana y, por suerte, Pocholo picó.
-          Jefe, acabo de ver corriendo a alguien por fuera de su casa.
-          Eso es imposible. Tengo las puertas cerradas y nadie que no sea de la casa puede entrar.
-          Te juro que he visto a alguien pasar.




Pocholo tenía que comprobar que no se estaba volviendo loco y se levantó dispuesto a averiguar quién había pasado por allí.




Y casi al llegar a la esquina, se encontró de frente con Fausto.
-          ¿Tú? ¿Qué coño haces aquí?
-          ¡Sorpresa!




Y sin darle tiempo a reaccionar, Fausto corrió y agarró a Pocholo del cuello, inmovilizándolo para que no hiciera ninguna tontería.
-          ¿Qué quieres de mí?
-          De momento vayámonos a dar un paseo Pocholo. Quiero conocer a tu jefe.
-          En cuanto te vea te meterá una bala en la frente, cacho de mierda.
-          Ya veremos…




Y entrando en el salón agarrando a Pocholo, se colocó frente a Julio a cierta distancia.
-          ¿Quién eres y qué haces en mi casa?-dijo Julio sobresaltándose-.
-          Jefe, ayúdame,-pedía Pocholo-.
-          Shhh, cállate come mierda,-ordenó Fausto-.
-          ¿QUIÉN ES USTED?-gritó Julio levantándose del sofá.




Los gritos alertaron a Rita que entró en el salón y al ver la situación, se asustó un poco.
-          ¿Qué está pasando aquí Julio?
-          Eso quisiera saber yo. ¡Hable!
-          Comencemos con que este subnormal vino a mi isla y arrasó con la mitad de la vegetación y luego, por si no fuera poco, raptó a mi hija después de dejarnos a ella y a mí inconscientes. Por eso me colé en el barco y por eso estoy aquí Julio. Y pensar que vine aquí para pedirte ayuda…
-          ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Y de qué me conoce?
-          ¡No lo escuches jefe!-dijo Pocholo-.




Hartándose, Fausto apretó el cuello de su presa hasta dejarlo inconsciente, cayendo como un fardo de heno al suelo.
-          Soy tu hermano Fausto, Julio.




Julio no podía creérselo. ¿Después de todos esos años? ¿Estaba vivo? Permanecía inmóvil sin articular palabra ya que el shock era demasiado grande para él.




Rita, mirando a su marido sorprendida por todo lo que estaba viendo y oyendo, llamaba a Julio para que reaccionara.
-          Y tú debes ser su esposa, si no me equivoco,-dijo con voz calmada Fausto-.
-          Por suerte o por desgracia sí.
-          Siento conocer a mi cuñada en estas circunstancias…
-          No te preocupes, ese Pocholo se merecía eso y más. ¡Julio! ¿Piensas decir algo?




Reaccionando y volviendo en sí, Julio se acercó a su hermano y cuando fue a ver si Pocholo estaba muerto, Fausto comenzó a reprenderle por lo que había hecho.
-          ¿En qué pensabas Julio? ¿Drogas? ¿Tan vacía está tu vida para que te dediques a destrozar la vida de los demás? Si consideras que tu vida es una mierda es que no valoras lo que tienes, porque tú no te quedaste encerrado en una isla con 8 años. Tú no tuviste que aprender a comer pescado crudo, ni a pescar, ni a dormir con un ojo abierto, porque no sabías si los ruidos que se escuchaban por la noche eran de fieras que querían comerte.




Julio no había articulado palabra todavía, pero no salía de su asombro aún.
-          Fausto, ¿40 años desde que nos vimos y eso es lo primero que me tienes que decir? Yo no tuve la culpa de que os quedarais en la isla encerrados, ¿eh? Yo también lo pasé muy mal y fui yo el que tuvo que salir adelante SOLO en el internado donde me mandó la abuela. Fui YO quien tuvo que salir adelante trabajando hasta poder abrir mi propia empresa. ¡YO! ¿Y es eso lo único que me tienes que decir?
-          Tú, tú y solamente tú, ¿no te das cuenta de que sólo te buscas a ti mismo? ¿Qué quieres que te diga, que te he echado de menos? ¿Que echaba de menos jugar contigo como hacíamos de pequeños? Si estoy aquí es porque ese que te llama jefe raptó a mi hija. Me dejó inconsciente viniendo por detrás, como los cobardes, se subió a un barco y pretendía abusar de ella justo cuando lo impedí y nos largamos corriendo. Y, ¡mira qué sorpresa! Me encuentro que he vuelto a Los Aniegos, vengo en busca de tu ayuda para decirte que no estoy muerto y para poder reunirme con mi familia de nuevo y descubro que el que planeó todo fuiste tú…
-          Yo en ningún momento le dije a Pocholo que secuestrara a nadie. Si hizo eso fue porque le dio la gana, así que no me vengas a echarme la culpa de todo.




Pero Fausto no había terminado aún.
-          Vale, pero si supuestamente eres su jefe y él trabaja para ti y un empleado hace algo que no te gusta, lo reprendes, ¿no? Pero tú no, tú lo felicitas diciéndole que fue una gran idea mandarlo a la isla. ¡A ti no te importa nadie! Sólo veo que te importas tú y ganar dinero. ¿La gente para ti no somos nada? ¿Y tu familia? ¿Y tus amigos? ¿Qué harán si te pilla la policía? ¿No se te pasa eso por la cabeza?
-          Al fin alguien le dice las cosas claras a Julio. Con cada palabra que dice me cae mejor su hermano,-pensaba Rita-.
-          Cuando te pasas tanto tiempo en una isla como lo he estado yo, cuando descubres que te tienes que valer por ti mismo y hacer las cosas por tu cuenta; cuando sabes que no puedes más pero, aun así, tienes que continuar y seguir adelante es cuando te das cuenta de que las personas que permanecen a tu lado en los peores momentos de tu vida, son las que valen la pena. En mi familia no nos utilizamos, nos ayudamos, nos queremos y nos apoyamos mutuamente. Si a uno le pasa algo, todos los demás vamos en su auxilio. Somos una piña. ¿Y qué veo aquí? A un hombre que sólo busca dinero y que mira con asco a su esposa. ¿Tú sabes lo que echo de menos a mi mujer? ¿Y a mis hijos? ¿Y a mis suegros y mi cuñado? Tú no lo sabes ni lo sabrás nunca.




Y para rematar…
-          ¿Qué fue de papá y mamá?-preguntó Julio-.
-          ¿Ahora me preguntas por ellos? Pues para tu información papá se rompió la pierna izquierda al aterrizar con el paracaídas y mi actual suegro le ayudó y le tuvieron que cortar la pierna. Perdimos nuestra ropa, los móviles, mamá sus gafas y ya sabes que sin ellas veía poco… No tuvimos una vida fácil, Julio.
-          ¿Ya…?
-          ¿Muertos? Sí. Papá murió primero, amaneció una mañana ya muerto y mamá a los pocos años. Quiso subir a una palmera a por cocos y cayó desde bastante altura…
-          Dios mío. Yo, yo… No sé qué decir.
-          Pues di que nos ayudarás a volver a la isla a mi hija y a mí.
-          ¿Y te irás así sin más?
-          Julio, aún te quiero y te echaba mucho de menos, pero no puedo olvidar lo que hizo Pocholo. Ese malnacido…
-          ¿Y qué quieres que haga? Es mi mejor hombre y mi mano derecha… No puedo entregarlo a la policía, porque entonces iría yo detrás y no puedo entrar en la cárcel.
-          ¿Tu mejor hombre? ¿En serio? De verdad que no sé por qué estoy aquí… Será mejor que sea yo mismo quien vaya a la policía.
-          ¿Serías capaz de hacer eso? ¿A tu propio hermano? ¿No te importa lo que podrían hacerme?-Julio no cabía en su asombro-.




Y entrando Isabel en escena, sobresaltó a Julio.
-          Padre, ¿va todo bien? Tardaba mucho y pensé que estaría en apuros.
-          ¿Lo ves, Julio?-dijo Fausto-. Somos una piña… ¿Puedes decir eso de tu familia?
-         
-          Será mejor que no digas nada… Hasta otra, hermano.




Estaba hablando Fausto cuando se levantó bastante despacio Pocholo que llegó a escuchar esas palabras del hermano de su jefe.
-          ¿Hermano? Usted me dijo que era hijo único y que sus padres le dieron en adopción a una familia rica y que por eso vive aquí…
-          ¿Hijo único, Julio? ¿En serio? Menos mal que papá y mamá están muertos, porque si hubieran escuchado esto, los habrías matado del disgusto. ¡Vámonos Isabel!




Y dándose media vuelta, Fausto se encaminó hacia la puerta. Julio estaba muy cabreado, ya que nadie desde su niñez le había hablado de aquella forma. ¡Él era Don Julio Jodres! Un empresario de éxito con una vida ejemplar y nadie iba a destrozar su vida de un plumazo. Mirando rápidamente a Pocholo, le guiñó un ojo y los dos se entendieron perfectamente.




Rita, que observaba la escena, puso mala cara. No le gustaba un pelo lo que estaba viendo, así que mirando a Isabel supo que algo no iba bien.
-          Cuidado chica,-avisó Rita a Isabel-.




Julio se abalanzó contra su hermano por la espalda, pero Fausto tenía más fuerza física y se lo quitó fácilmente de encima. Al ver la pelea, Isabel fue en ayuda de su padre, pero se encontró con que Pocholo le cortó el paso y, sin tiempo a reaccionar, le pegó varios puñetazos en la cara, cayendo semiinconsciente al suelo.
-          ¡Pocholo, ayúdame!




Rita se echó al suelo para ayudar a la pobre muchacha.
-          ¡Eres un hijo de puta, Pocholo! Venga nena,-decía Rita con dulzura-, no te duermas, vamos…




Y entre Pocholo y Julio, pudieron parar a Fausto que intentaba zafarse de ellos sin éxito.
-          ¿Lo ves, hermanito?-decía Julio con una amplia sonrisa en la cara-. Nosotros también somos una piña.
-          ¿Y mi hija? ¿Qué vais a hacerle?
-          Eso es sorpresa, querido Fausto.
-          ¡Soltadme cabrones!
-          Dulces sueños…




Sacando un arma, Julio le pegó en la nuca con la culata de la pistola, haciendo caer inconsciente a Fausto. A espaldas de todo aquello, Rita intentaba levantar a Isabel, que comenzaba a reaccionar poco a poco…




Rita no sabía hacia dónde ir ni lo que hacer ante esa situación, sólo pensaba en salir de allí con aquella chica lo más rápido que podía.




Después de pegarle un par de patadas en el estómago a su hermano, ya inconsciente en el suelo, se dio la vuelta y no vio por ningún lado a Rita ni a Isabel.
-          ¡Joder! ¡Rita! No seas imbécil y ven aquí ahora mismo. ¡RITA!
-          ¿Dónde está la negra?-quiso saber Pocholo-.
-          Creo que se la ha llevado mi mujer…
-          No, no, no…




Pocholo salió por la puerta de atrás y recorrió con su mirada cada lugar que se veía desde allí, pero no encontró rastro de ninguna de las mujeres.




Isabel había despertado y viendo unas rocas al principio del campo de golf, las señaló y ambas mujeres se dirigieron allí para esconderse. Después de escuchar un fuerte grito de Pocholo diciendo “te encontraré hija de la gran puta”, permanecieron ocultas unos minutos más. Rita miraba a aquella muchacha que se recuperaba de los fuertes golpes.
-          ¿Estás bien?
-          Sí, un poco dolorida pero bien…




Isabel miraba con agradecimiento a Rita y, sin pensárselo dos veces, la abrazó con fuerza.
-          Gracias por salvarme de las manos de Pocholo.
-          Es un cerdo. Lo odio. Desde que lo vi por primera vez no me dio buena espina. Un día lo pillé espiándome mientras me duchaba y cuando abrí la puerta estaba con su polla fuera… Llamé a mi marido y encima los dos se carcajearon de mí mientras bajaban las escaleras comentando las buenas tetas que tenía. No sabes lo mal que me sentí en ese momento…
-          Me hago una idea. Pocholo no dejaba de tocarme ni de acariciarme diciéndome que me quería reservar para un momento especial. Como se creía que no lo entendía, decía de todo delante de mí.
-          ¿Fue tu padre quién te enseñó nuestro idioma?
-          Sí… ¡Dios mío! ¡Mi padre! ¿Dónde está?
-          Lo tienen Pocholo y Julio.
-          ¡Tengo que ir a por ellos!
-          ¿Y que te secuestren a ti también? Tú sola no puedes…
-          ¿Y quién nos puede ayudar?
-          Voy a llamar a Walter. Él sabrá qué hacer…
-          ¿Quién es?
-          Mi amante…




En pleno distrito empresarial, se erigía el edificio más grande de la ciudad que pertenecía, cómo no, a Julio. Desde allí manejaba la economía de “su empresa maderera”. Metiendo a Fausto en el maletero del coche, Pocholo y Julio fueron directamente al garaje privado que había bajo el edificio.




Bajando en el ascensor a una planta restringida a la que se accedía con una llave que únicamente tenía Julio, Fausto miraba mortalmente serio a su hermano, quien seguía portando la pistola en la mano.




Saliendo de dicho ascensor, Julio le pegó un empujón a Fausto al compás de un “¡camina!” que provocaba las risas de Pocholo.




Metiendo a Fausto en un antiguo cuarto de limpieza que estaba en desuso, lo encerraron…
-          Bienvenido a la ciudad Fausto. Espero que te gusten las vistas del monte Golipud… Jajajajaja. Vámonos Pocholo, te invito a comer. ¿Te apetece ir al “Palace”? Conozco a alguien que nos hará un hueco en el restaurante…




CONTINUARÁ…

lunes, 16 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 8


Fausto se acercó despacio a Jota. No quería que huyera y mucho menos que avisara a sus compañeros. Yendo con las manos en alto, se puso a su lado.
-          ¿Qué quieres de mí? Yo no he tenido nada que ver, lo juro.
-          Lo sé. El encargado de todo esto es el moreno ese.
-          Pocholo.
-          Como se llame. Me las va a pagar caro ese cabrón.
-          ¿Y cómo puedo ayudarte yo?
-          Quiero volver con mi hija. Ayúdame a sacarla de aquí.
-          Eso ya es imposible. Estamos en altamar y sería muy peligroso para vosotros arriesgaros a ir en una balsa en plena noche. No puedo…




Las cosas iban de mal en peor y Fausto estaba hundido.
-          Bueno, ya pensaré en algo para volver… Pero lo que necesito ahora es que me prometas que ese cabrón no va a tocarle ni un pelo a mi hija. Consigue la llave y haz lo que sea, pero que no te descubra y que tampoco se entere de que estoy aquí.




¿Jota contra Pocholo? Estaba perdido… Pero tendría que intentarlo.
-          Bueno, sé dónde guarda Pocholo la llave, así que intentaré robársela en algún momento sin que se dé cuenta. Tú mantente aquí escondido. Normalmente no viene nadie, así que estás seguro. Te traeré algo de comida para que no te mueras de hambre, porque el viaje durará una semana...
-          Está bien. Gracias por todo.




Pasada la semana, en ese momento sólo quedaba una media hora escasa para atracar, así que Jota, acercándose al escondite de Fausto, le avisó.
-          Hola, soy yo. Estamos a punto de atracar y con todo el lío, he conseguido robar una copia de la llave del camarote del capitán, así que tienes unos minutos antes de que venga Pocholo. No he podido hacer nada más hasta ahora, te lo prometo. He oído que quiere duchar a tu hija y llevársela a un piso franco para vete a saber qué. Rápido, no hay tiempo que perder.




Cuando pudo abrir la puerta y poder volver a abrazar a su hija de nuevo, unas grandes lágrimas cayeron por las mejillas masculinas. Su hija, cerrando sus ojos, acarició el pelo de su padre.
-          Te he echado tanto de menos, hija…
-          Y yo a usted, padre. ¿Dónde estamos?
-          A bordo del barco que vimos tu tío y yo. Lo que no sé es a dónde vamos… Pero eso da igual. ¿Te están tratando bien?
-          Me dan comida y duermo bien, pero tengo miedo a que ese hombre me haga algo. Me mira muy raro y me acaricia mucho… ¿Por qué es así?




Isabel nunca se había encontrado ante esa situación. Todos los hombres de su familia la habían cuidado y respetado, por lo que no podía entender que hubiera hombres que trataran de esa manera a una mujer.




En plena conversación, Jota abrió la puerta apresuradamente, interrumpiendo a padre e hija.
-          Siento molestar, pero Pocholo está subiendo las escaleras. Tienes que esconderte Fausto.
-          Hija, tengo un plan, así que confía en tu padre. Serán unos minutos más y luego nos largaremos de aquí en cuanto el barco haya atracado.




Volviéndose hacia Jota, le contó su plan.
-          Jota, necesito que nos prestes ropa. No podemos salir a la calle con esta ropa sin llamar la atención…
-          Vale, buscaré algo en mi maleta. Pero ropa de chica no tengo…
-          Da igual. Lo que sea pero que le sirva para cambiarse.
-          Okey. ¿Algo más?
-          Sí. Darte las gracias por lo que has hecho por nosotros.
-          No hay de qué. Ya me lo agradecerás luego, pero ahora hay que irse.




Pocholo, sin sospechar nada, fue con su llave, que mantenía bien guardada, a abrir el cuarto donde se encontraba Isabel. Ella no le había dirigido la palabra a Pocholo, por lo que él se creía que ella no lo entendía y así Isabel se podía enterar de más cosas.




Pasando por otro pasillo, Jota entró en el cuarto donde se escondía Fausto.
-          Te he traído esta ropa. Espero que os quede bien… Yo ahora tengo que irme hacia arriba con mis compañeros. Espera 10 minutos y después de eso, corred como alma que lleva al diablo. No os paréis hasta encontrar un sitio seguro.
-          Está bien. De verdad, si todo esto sale bien, te buscaré para agradecértelo como se merece.




Pocholo cogió del brazo a Isabel y le dijo que se fuera para la ducha, ella, haciéndose como la que no entendía, no se movió, pero él le pegó un empujón y la hizo andar delante de él. Ella iba asustada, pero con la convicción de que su padre la salvaría en algún momento…




En cuanto Isabel entró en el baño, se miró sorprendida al espejo. Era la primera vez que se veía con tanta claridad…
-          ¿Así soy yo?-pensaba ella-.




Pocholo, sin esperar más, comenzó a romper y rasgar la ropa de la muchacha hasta dejarla desnuda. Comenzó a admirarla cuando, de repente, un escurridizo Fausto, que había entrado en el baño, cogió del cuello a Pocholo y lo dejó inconsciente.




Fausto sonrió a su hija al ver que había llegado a tiempo. Dándole la ropa a Isabel, le dijo que se la pusiera.
-          Padre, le queda muy raro esa ropa.
-          Me está algo estrecha, pero Jota no tenía otra cosa. Espero que esa te quede mejor a ti… Pero bueno, ya buscaremos algo más adecuado. Ahora salgamos corriendo de aquí antes de que se despierte de nuevo.




Como los zapatos que tenía Jota no le valían a ninguno, se fueron corriendo descalzos por todo el barco hasta salir de él. Corrían sin mirar atrás, sólo seguían adelante, intentando alejarse todo lo posible de aquel infernal barco.




Mientras tanto, Pocholo seguía inconsciente en el baño… Se lo tenía más que merecido.




Saliendo del puerto, siguieron corriendo. Necesitaban alejarse más para no llamar tanto la atención, ya que sus vestimentas y el ir descalzos, no pasaban desapercibidos.




A unos 200 metros de distancia, pararon para descansar cuando, al levantar la vista, Fausto se quedó sin habla.
-          Padre, ¿sabe dónde estamos?
-          En casa…
-          ¿En casa?
-          Sí hija, estamos en Los Aniegos. Tus abuelos y yo éramos de aquí, vivíamos aquí hace muchos años…




Fausto permanecía en shock y unas tremendas mariposas le recorrían el estómago en ese momento.
-          ¿Sabes qué significa esto? Podré buscar a mi hermano y decirle que estoy vivo. Seguro que contándole lo que ha pasado nos ayuda.
-          Padre, ¿se acordará de dónde estaba su casa? Han pasado muchos años…
-          No me acuerdo de la dirección, pero recuerdo que estaba cerca de un campo de golf.
-          ¿Qué es eso?




Fausto sonrió ante la ocurrencia de su hija.
-          Hay muchas cosas que desconoces de aquí. Y yo también… Llevaba 40 años sin pisar este suelo.
-          ¿Y usted cree que su hermano podrá ayudarnos?
-          ¡Doy fe de ello! Es mi hermano gemelo. ¡Somos iguales!
-          Entonces ahora sólo queda encontrarle…




Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Rita bajó junto a su amante cuando se encontró con Elly, la amante de su marido, completamente desnuda.
-          Buenos días Elly,-saludó simpática Rita-.
-          Mierda… Me pilló,-pensaba ella-.




Pero en lugar de enfadarse, Rita quiso saludarla ante el asombro de Walter.
-          Es un placer volver a verla Elly.
-          I-igualmente… Siento mucho…
-          No se preocupe Elly. Yo sé que mi marido tiene amantes, al igual que él sabe que yo tengo a Walter. Por eso no hay problema, ¿ve? Walter, ven un momento.




Acercándose, Rita besó los labios masculinos ante una sorprendida Elly que, sin pensarlo, sacó su móvil e hizo un par de fotos por si podía utilizarlas en un futuro.




Por otro lado, Elly estaba encantada. Se había paseado completamente desnuda delante de la mujer de su amante y ella se había besado con su respectivo amante delante de ella.
-          ¡Esto es la bomba!-pensaba-.




Fausto e Isabel se subieron a un taxi y justo cuando iban a decir hacia dónde iban, el conductor creyó reconocer a Julio, sin saber que era su hermano Fausto.
-          ¡Pero bueno…! ¿Quién me iba a decir que tendría tanta suerte de recoger al señor Julio Jodres en mi taxi? Menuda sorpresa… Ya verá cuando se lo cuente a mi mujer. ¿Y esas pintas? Ya no sabe cómo despistar a la prensa, ¿verdad?
-          Eh, sí, sí…
-          Pues no se preocupe que aquí el menda le va a llevar a donde quiera.
-          A casa, por favor.
-          ¡Marchando!




Por el camino, Isabel no paraba de mirar a todos lados boquiabierta. Era la primera vez que veía semejantes estructuras, tanta tecnología junta, las carreteras, móviles, ¡los coches! Todo era nuevo para ella. Cuando estaban cerca, Fausto le ordenó parar al taxista y él, amablemente, no les cobró el viaje. Al mirar hacia la que había sido su casa, pudo ver cómo Pocholo entraba en ella… ¿Qué hacía ese cabrón allí?




Bajándose del taxi, Fausto pudo enseñarle su casa por primera vez a su hija mayor.
-          Isabel, te presento la casa donde viví hasta los ocho años. Aquí vivíamos tus abuelos y yo con mi hermano Julio.
-          ¿Esto es una casa? Padre, casa es lo que tenemos en la isla. Esto es un castillo…
-          Ya te acostumbrarás. Pero lo que hay que averiguar ahora es qué hace Pocholo en mi casa…




Estaban hablando todavía cuando salió del garaje Walter que, montado en su coche, se quedó observándolos algo extrañado. Además, aquel hombre le resultaba familiar…




A todo esto, dentro Pocholo informaba a Julio de todo lo ocurrido.
-          Eres gilipollas. Jugarte la misión por culpa de una mujer… ¿Qué coño tienes en la cabeza? Si eres mi mano derecha es porque confío en ti, pero si vuelves a hacer una tontería como esa, seré yo mismo quien acabe contigo. No sé quién fue el que te dejó inconsciente, pero me alegro de que lo hiciera. Así aprenderás a que conmigo y con los negocios hay que ser personas serias y profesionales. Pero no, ahora tenemos a dos personas, vete a saber dónde, que te conocen y podrían ir a la policía y confesar todo. ¿Y sabes lo que pasaría? Lo sabes, ¿verdad?




Pocholo sabía que la había cagado. Si quería volver a ganar la plena confianza de su jefe, tendría que acabar con Isabel y Fausto.
-          Jefe, siempre hay una parte positiva y es que tenemos la planta y ya estamos comenzando a tratarla para maximizar sus efectos. En muy poco tiempo saldrá al mercado y con el dinero podremos hacer lo que nos dé la gana.
-          Eso si los otros no van a la policía antes.
-          Jefe, es una negra que ha salido de una isla perdida al noroeste de África, ¿se cree que sabe hablar nuestro idioma?
-          Me refiero al personaje desconocido, al que te dejó KO. Ese es el que me preocupa. ¿Desconfías de alguien de tu equipo?




Julio era un sabueso y no iba a parar hasta tener todo su imperio seguro de nuevo.
-          Confío plenamente en mi equipo. Tal vez no sean los mejores, pero sé que me son leales y no serían capaces de esto, porque saben que tarde o temprano lo descubriría y dirían adiós para siempre.
-          Pocholo, descubre quiénes fueron los que te atacaron, Acorrálalos, enciérralos y cuando los tengas contra las cuerdas, mátalos. Hazles sufrir como perros…




Y sin saberlo, Fausto se iba a meter en la boca del lobo.
-          Quédate fuera, yo voy a entrar por una de las puertas del jardín. Aún me acuerdo de un pequeño truco para abrirla desde fuera que aprendimos mi hermano y yo. Así podré entrar sin ser visto y averiguar qué hace Pocholo aquí…




CONTINUARÁ…