viernes, 11 de enero de 2019

Sueños Rotos || Capítulo 10

 Marina aceptó la invitación de Bárbara y juntas decidieron ir a una bolera cercana a la universidad. Tras pagar, se fueron hacia la pista y la primera en comenzar fue Marina, quien llevaba varios años sin jugar. Sin embargo, intentaba parecer lo más profesional posible.
- Esto es como montar en bicicleta, Bárbara. Seguro que hago un pleno a la primera,-decía Marina-.

- No lo tendría yo tan seguro… Además, has cogido la bola que más pesa, así que ten cuidado, ¿eh?


 Y como si de una profecía se tratase, Marina se quedó encajada a la bola y se calló al suelo dándose de bruces con la pista. Bárbara fue a ayudarla justo cuando Marina comenzó a levantarse.
- ¿Estás bien Marina? ¿Te has hecho daño?
- No, tranquila. Quiero decir, que no me he hecho daño, que estoy bien jajaja.
- Ah vale bien, me habías asustado.


 Y al fijar su mirada a los bolos, se dio cuenta de que había hecho pleno y comenzó a celebrarlo moviendo sus brazos de un lado para otro, provocándole una gran carcajada a Bárbara.
- ¡Te lo dije! Sabía que metería un pleno. ¡Toma ya!
- Jajajaja, eres de lo que no hay Marina. Ahora es mi turno… Vas a saber de lo que soy capaz.


 Bárbara inspeccionó las bolas y cogió una que le venía bien a sus dedos para estar cómoda, aunque la bola pesara algo más de lo acostumbrado. Cogiendo carrerilla, Bárbara tiró la bola con fuerza, yéndose un poco hacia delante, sin llegar a caerse como Marina.


 Y Bárbara también metió un pleno. ¡Menuda lucha de titanes iba a ser esa! La alegría invadió a la jugadora, que se puso a celebrar su pleno haciendo un baile ridículo, pero que le salió de dentro, provocando también una sana carcajada en Marina.


 Tras esa partida, donde ganó Marina por un par de puntos, un chico se le acercó a Bárbara y comenzó a hablarle de unos temas de la universidad, por lo que Marina aprovechó para ir al servicio, avisando a su acompañante previamente.


 Al salir del servicio, Marina se encontró con Bárbara esperándola en la puerta. Queriéndose interesar por aquel chico, le preguntó a Bárbara sobre lo que quería de ella.
- Nada importante, un pesado que no para de inventarse excusas para llevarme a la cama. Que si vamos a estudiar juntos, que si quiere cambiarse a mi carrera, que si estoy muy guapa con esa blusa, que si está en el gimnasio…
- Pues vaya con el tío ese. ¿Ya le has dicho que no estás interesada?
- Varias veces, pero parece que no se entera.
- Ay, ¿cuándo se enterarán los hombres de que no es no? Venga, salgamos de aquí antes de que vengan más.


 Saliendo al exterior, Bárbara miró la hora y se dio cuenta de que en menos de una hora tenía clase y que tenía que ir a su casa a por las cosas de la universidad, así que se despidió de Marina, no sin antes agradecerle la oportunidad que le había dado de conocerse más y también porque habían pasado una tarde muy divertida.
- Tendremos que repetirla otro día, ¿no?-dijo Marina-.
- ¿En serio te gustaría?
- Claro, ¿por qué no?


 Ya en su casa, Marina siguió haciendo uno de los trabajos que tenía pendiente para la carrera y del que estaba hasta el gorro. Quería terminarlo ya para quitarse un peso enorme de encima, porque el tiempo que le quitaba del estudio o de cualquier otra cosa que quisiera hacer era enorme.
Y la concentración se le fue a la mierda cuando escuchó el timbre de la casa… ¿Quién podría ser?


 Al abrir la puerta, se sorprendió al ver allí a Alex. Sabía que, por la hora, habría terminado las clases que tenía por ese día, pero no tenían planeado nada de verse, por lo que no lo esperaba allí.
- ¡Alex! Qué sorpresa… ¿Qué haces por aquí?
- He salido de clase y me apetecía verte un rato… ¿Puedo pasar o estás muy ocupada?
- Estaba terminando un trabajo que tengo que entregar esta semana, pero pasa. Así hago un descanso.


 En cuanto cruzó el umbral de la puerta, Alex se acercó a Marina y, tras rodearla con sus brazos, la besó en la boca.
- No sabes las ganas que tenía de besarte de nuevo,-confesó Alex-.
- Y yo… Vamos al salón si quieres.


 Sentándose en el sofá, Marina se acordó de la buena tarde que había pasado con Bárbara y se lo empezó a contar a Alex.
- A que no adivinas con quién he pasado la tarde…
- Pues… No sé. ¿Con algún compañero de tu clase?
- Frío, frío.
- Entonces me rindo. No tengo ni idea.
- Con Bárbara.
- ¿Me lo estás diciendo en serio?
- Totalmente. Me pilló por banda en el aparcamiento y me dijo que le apetecía conocernos más, que no sólo nos saludásemos con frialdad por el campus y que si me apetecía salir por ahí.
- Vaya con Bárbara. No para de sorprenderme esta chica.


 Alex acababa de quedarse completamente descolocado al escuchar el relato de Marina, ya que lo último que se le podía pasar por su cabeza era que su ex y la chica que le gustaba ahora se harían amigas después de todo lo ocurrido.
- Pues imagínate mi sorpresa cuando me lo dijo. Total que nos fuimos a la bolera y hemos echado una tarde bastante entretenida y hemos hablado de todo un poco. ¡Hasta de chicos!
- ¿Chicos? ¿Te ha preguntado por mí?
- ¿Por ti? No, pero me ha dicho que hay un chico que no para de decirle cosas e invitarla y ella está pasando de él y no sabe qué hacer para librarse de ese muchacho.
- Vaya, pues me sorprende que hayáis pasado parte de la tarde juntas, pero también me alegra veros así y que no haya mal rollo entre vosotras.
- Para nada. Nos despedimos con un abrazo y la verdad es que me lo pasé bien. No es mala chica en realidad, ¿sabes?


 En ese momento, Alex se quedó callado, mirándola fijamente a los ojos, con ternura y amor en su mirada.
- Por eso me fijé en ti, porque eres auténtica, no tienes dobleces y no eres rencorosa. Cualquier otra persona en tu situación la habría mandado a la mierda. Pero tú no. Tú le has dado otra oportunidad.
- Todos cometemos errores de los que nos podemos arrepentir y nadie es perfecto. Es mejor tener empatía y perdonar al otro, al igual que nos gustaría que nos perdonasen a nosotros.
- Ven aquí,-invitó Alex alargando su brazo hacia Marina-.


 Alex estrechó a Marina contra su pecho, acercando su cabeza a la de ella. Y en ese momento, un clic en su interior cambió. Una pequeña luz se encendió dentro de él, haciéndole tomar una decisión firme: Estaba abrazando a la mujer de su vida y no quería perderla por nada del mundo.


 Girándose hacia ella, ambos cerraron sus ojos y se unieron en un largo y dulce beso que duró varios minutos, encadenándolo con otros que se fueron sucediendo sucesivamente, elevando la temperatura del salón y de cada uno de ellos.


 Después de un rato así, Marina se separó unos centímetros de Alex y, casi rozando su boca, le hizo una confesión. Le dijo algo que tenía dentro de sí y que no podía ocultar más…
- Te necesito Alex. Quédate conmigo… Hazme el amor. Quiero sentirme tuya.
- Y yo, vida mía. ¿Estás segura de esto?
- Nunca he tenido nada más claro. Quiero que me envuelvas en tus brazos, besarte, sentir tu piel contra mi piel sin ropa de por medio. Solos tú y yo…
- De acuerdo cariño. Tus deseos son órdenes para mí.


 Tras darle otro fuerte beso, Marina se levantó y se dirigió hacia el dormitorio cuando escuchó la voz de Alex a sus espaldas.
- Antes de eso… Me gustaría decirte algo, Marina.


 Acercándose a él, le rodeó la cintura con sus brazos mientras que Alex tragaba saliva y comenzaba a decir las palabras que se agolpaban en su boca queriendo salir.
- Quiero decirte que… Yo… Bueno, tú me…
- Tranquilo Alex. No te pongas nervioso… ¿Qué ocurre, mi vida?
- A ver… Has llegado a mi vida por casualidad, sin yo esperarte entraste en ella y te has quedado día tras día desde aquel en el que entraste en el bar donde trabajaba. Parece que has echado un hechizo sobre mí, porque no pienso en otra cosa que no seas tú y… No quiero perderte. Quiero permanecer junto a ti todos los días de mi vida. Por eso… Si quieres que tú y yo hagamos el amor, tendrás que… Aceptarme como tu compañero de viaje, como tu apoyo y sustento en momentos de flaqueza, aquel que te saque desde una risa a un orgasmo. Así que… ¿Quieres...?
- Sí,-contestó Marina antes de dejarle terminar a Alex-. Quiero estar contigo todos los días de mi vida, hasta que nos apoyemos el uno en el otro cuando no podamos ni andar de lo viejos que estaremos. Yo te… Te quiero.
- Y yo, vida mía. Te quiero mucho Marina.


 Acercándose a él, lo abrazó fuerte y profundamente, como queriéndose fundir los dos en una sola persona. Pero justo en ese momento, una idea se le vino a la cabeza a Marina, por lo que, muy bajito y al oído, se lo dijo.
- Alex, yo nunca… He hecho nada. Soy virgen.
- No te preocupes por nada, porque aquí estoy yo para cuidarte y darte la mejor primera vez que jamás se haya contado. ¿Estás preparada?
- Si es contigo, no puedo tener miedo a nada.


 Yéndose finalmente al dormitorio, se fueron quitando la ropa mutuamente hasta quedar en ropa interior, mirándose detenidamente al verse por primera vez de esa forma. Alex se sentó al borde de la cama mientras acercaba a Marina rodeándola por la cintura, sintiéndola y oliéndole ese perfume tan embriagador y que tan loco le volvía. No había besos ni palabras, sólo las miradas y caricias con sus manos que lo decían todo…


 El mimo y el cariño con el que trataba Alex a Marina era digno de admirar, ya que era suave en sus movimientos, sin brusquedad, con paciencia y anhelando ser de ella. Colocándola sobre la cama, Alex comenzó a dar pequeños besos en el cuello femenino, haciéndola estremecerse mientras que los bellos de su cuerpo se ponían de punta. Marina acariciaba la fuerte espalda masculina, pasándole el brazo por su cuello para atraerlo más a él. Quería sentirlo cerca, muy cerca…


 Y finalmente, ambos tuvieron su primera vez juntos. Una primera vez de cuento de hadas donde Alex supo esperar y donde ninguno buscaba su placer propio, sino el disfrute mutuo. Todo fue perfecto y Marina pudo experimentar el placer de hacer el amor, de sentirse querida y amada por sus cuatro costados. Algo que nunca había tenido y que, tras vivirlo en sus propias carnes, le hizo comprender el significado de la palabra AMOR.
El cansancio dejó extasiada a Marina, que se quedó dormida sobre Alex, que la miraba con dulzura y completa admiración.


 Tras meterla bajo las sábanas con mucho cuidado, Alex se levantó de la cama para irse al baño, ya que tras haber hecho el amor, le habían entrado ganas de orinar.


 Alex acababa de experimentar uno de los mejores momentos de su vida. Sin embargo, tenía miedo de ir demasiado deprisa, de crear confusión en Marina y de parecer el típico tío que sólo quiere sexo y que, cuando lo consigue, se marcha. ¿Por qué se tendría que comer tanto la cabeza? Pensaba justo antes de volver a la cama para dormir junto a su amada.


 En cuanto entró y se metió en la cama, Alex quedó profundamente dormido sin darse cuenta de que, al notarlo a su lado, Marina se giró y se acurrucó junto a él para seguir durmiendo en esa posición.


 A la mañana siguiente, Marina fue la primera en despertarse. Al incorporarse, se dio cuenta de que había dormido completamente desnuda y que a su lado estaba Alex. No había sido un sueño, todo aquello era muy real pese a que pareciera que estaba flotando todavía. Jamás había experimentado algo como aquello y, ahora sabía que lo querría siempre.


 Tras ponerse la ropa interior, se dirigió hacia el baño para darse una ducha y estar presentable para cuando Alex se despertara, ya que le daba vergüenza que la viera recién despertada y con la cara y los pelos de loca.


 Al salir de la ducha, Marina se encontró a Alex fuera. La estaba esperando con una amplia sonrisa en su rostro.
- Buenos días mi reina. ¿Cómo ha dormido lo más bonito de esta casa?
- No lo sé, eso deberías saberlo tú, que eres lo más bonito de aquí.
- Anda, ven aquí preciosa mía. Déjame que te dé un beso.
- Como me acerque a ti y vuelva a tocar ese cuerpo, tal vez no me pueda resistir…
- ¿Y quién te ha dicho que no puedes hacerlo?-preguntó Alex sacando su más arrebatadora mirada-.


 Marina se acercó a Alex y lo besó profundamente, jugando con sus lenguas mientras que posaba sus manos en el culo masculino, bajando poco a poco el calzoncillo mientras que Alex gemía levemente al notar sus manos tocando esa zona…


CONTINUARÁ...

lunes, 7 de enero de 2019

Sueños Rotos || Capítulo 9

Al terminar la película, Alex decidió que era buena hora para irse a casa y descansar después de un largo día lleno de emociones. Ambos se dirigieron hacia la puerta y allí se despidieron.
- Me ha encantado poder pasar la tarde contigo, Marina. Y discúlpame por todo lo que ha pasado antes…
- Tú no tienes la culpa de nada. A lo hecho, pecho y a seguir adelante. Y yo… También me alegro de haber pasado la tarde contigo.
- Bueno pues… Supongo que ya nos veremos.
- Sí…-dijo ella mientras él comenzaba a darse la vuelta hacia la salida-. ¡Espera! ¿Quieres que te lleve a casa?



Alex aceptó, ya que su casa estaba en la otra punta de la ciudad y tardaría bastante en llegar. Sin embargo, al salir de la casa se dieron cuenta de que el coche de Marina no estaba.
- Marina, ¿y tu coche?
- ¿Qué pasa con mi coche? ¡Joder! ¿Dónde está mi coche?
- Me cago en la puta. Como haya sido…
- ¡Bárbara!-gritó Marina interrumpiendo a Alex-. Te juro que me la voy a cargar, ¡me la cargo!


Alex se giró hacia Marina y comenzó a calmarla, ya que la muchacha estaba muy alterada por la situación.
- Bueno, mantén la calma Marina. Ya hablaré con Bárbara y solucionaremos entre embrollo. Este problema es de nosotros dos, no tuyo. Así que no tiene por qué meterte a ti en todo esto.
- ¿Estás seguro de que podrás hacer que Bárbara me devuelva el coche?
- Dalo por hecho, porque la conozco bien y sé que te lo devolverá. Ahora bien… ¿Podría quedarme en tu casa a dormir? Mi casa está a 45 minutos andando de aquí.


Marina se sorprendió al escuchar la petición de Alex, ya que no estaba acostumbrada a que ningún chico que a ella le gustase se sintiera también atraído por ella.
- Vale… Tengo dos habitaciones libres en la casa, así que… Puedes quedarte en una de ellas si quieres.
- No sabes cuánto te lo agradezco. Te prometo que no seré ninguna carga.
- No te preocupes por eso, que tú no molestas. Vamos, entremos en la casa y te enseño la habitación.


En cuanto entraron, Marina le condujo hacia el dormitorio que sería suyo durante esa noche. Era el más alejado del dormitorio de ella, ya que se sentía algo incómoda al tener una presencia masculina en su propia casa, sin estar sus padres delante y sin que fuera Lucas. Ay Dios, si quería no parecer una loca, tendría que calmar sus nervios.
- Este es el dormitorio… Espero que… Te guste.
- Es perfecto. Será más que suficiente para pasar la noche. De verdad, muchísimas gracias de nuevo.
- No hay de qué. Acomódate si quieres, que yo voy a empezar a preparar la cena.


Alex miró el dormitorio, se sentó en la cama, abrió el armario y, finalmente, se sentó en la silla frente al escritorio donde le mandó varios mensajes a Bárbara, diciéndole que se había vuelto loca y que la discusión era entre ella y él, que no tenía por qué meter a Marina. Sin embargo, la respuesta de Bárbara fue clara y concisa: bloqueó a Alex del WhatsApp.
El muchacho se quedó mirando a un punto fijo de la pared mientras reflexionaba sobre su ex-novia. ¿Cómo era verdaderamente? ¿Como había sido siempre con él o como la estaba viendo ahora? ¿Con qué clase de persona había estado saliendo y compartiendo la cama?


Y Bárbara, desde su habitación, se contemplaba en el espejo tal y como su madre la trajo al mundo. Dando vueltas sobre sí misma, no paraba de piropearse y de decir que Alex se perdería ese cuerpo para siempre y tampoco dejaba de asegurar que él volvería para que ella le diera el sexo que tan loco le ponía.


Además, Bárbara estaba contenta por haber conseguido robar el coche de Marina gracias a que un compañero de carrera tenía un remolque antiguo de su padre. Pero eso no iba a ser todo, a partir de ahora le haría la vida imposible a Marina por haberle robado a su chico y ningún mensaje de Alex podría hacerla cambiar de opinión… O al menos eso pensaba en un primer momento.


Marina pensaba en lo ocurrido mientras preparaba la cena. No dejaba de pensar en su coche, en que Bárbara había cruzado una peligrosa línea que no tendría vuelta atrás si no lo devolvía. Unas cosas eran los problemas amorosos que pudieran tener, pero otras muy diferentes eran robarle a alguien o incluso mandarla al hospital como le hicieron en el pasado.


Sin embargo, a Bárbara le recorría el remordimiento por dentro. Sabía que se había pasado de la raya, pero eso no le había impedido nada en el pasado, ¿por qué ahora tendría que ser diferente?
El mensaje de Alex, por mucho que le doliese aceptarlo, tenía más razón que un santo. Mirándose de nuevo en el espejo, Bárbara supo que había perdido los estribos, que debía seguir su vida y avanzar, aprendiendo la lección de las vivencias pasadas, pero nada más. Cualquier cosa que se saliese de eso, sería más peso encima y la vida ya era lo suficientemente complicada como para cargarla con cosas innecesarias. Así que… Era hora de afrontar la realidad.


Minutos después, Alex salió del dormitorio al llegarle un estupendo olor a comida. Acercándose a la cocina, felicitó a Marina.
- Dios mío Marina, qué buena pinta tienen esos macarrones. ¡Y qué bien huelen!
- Vaya gracias… Nunca nadie me había halagado tanto por mi comida.
- Pues muy mal hecho, porque huele que alimenta.
- Bueno… Espero que sepa igual de bien,-dijo ella justo cuando sonó el timbre de la casa-.
- Iré a abrir,-se ofreció Alex-.


Al abrir la puerta de la casa y ver a Bárbara de nuevo, Alex se quedó completamente serio.
- ¿Qué estás haciendo aquí?-preguntó el invitado secamente-.
- He venido a traer el coche de Marina y… a pediros perdón.
- A mí no me tienes que pedir perdón. En todo caso es a Marina a quien le debes una buena disculpa.
- Lo sé…
- Pues en ese caso,-dijo Alex volviendo la cabeza hacia dentro de la casa-. ¡Marina! Es para ti.


Al ver Marina de quién se trataba, sintió una fuerte punzada en su estómago mientras se acercaba a Bárbara. Esa chica le provocaba que el ambiente a su alrededor cambiase a mal y que sintiese bastante mal rollo.
- ¿Y mi coche?
- Está en su sitio, de donde no debió moverse.
- Perdona, pero eso parece una disculpa…
- Y lo es,-dijo Bárbara agachando su cabeza-.


Una sorprendida Marina se acercó algo más a Bárbara, que comenzó a hablarle a su antigua compañera de clase.
- Siento haberte robado el coche, no sé lo que me pasó pero… La ira y el odio que te tengo me sobrepasó y actué sin pensar.
- Perdona que te interrumpa, pero no quiero quedarme con la duda de preguntarte una cosa durante más tiempo… ¿Por qué me odias tanto? ¿Qué te he hecho yo?
- Nada, ese es el problema, que no has hecho nada y tienes todo lo que yo querría.
- ¿Cómo?-preguntó Marina, quien estaba completamente descolocada por todo lo que estaba escuchando-.
- Tienes unos padres que te quieren con locura, que no sabían lo que darte, que jugaban contigo, te venían a recoger al colegio cuando eras pequeña, tenías un verdadero amigo como era Lucas, al que le daba igual todo con tal de estar contigo y disfrutar de tu compañía… Y yo, en cambio, ¿qué tenía? Unos padres que preferían trabajar a cuidarme, que contrataban niñeras para hacer de madres conmigo, que me permitían cualquier capricho para contrarrestar sus ausencias y unas amigas que se criticaban a las espaldas cuando no estaba la otra delante. Por no hablar de las notas… Yo necesitaba una maldita semana para estudiar dos páginas y tú dos días para saberte el temario entero.
- Pero...-comenzó a decir Marina con un poco de miedo, ya que no se atrevía a hablar después de escuchar aquello-, ¿yo qué culpa tenía de que a ti te pasase eso?
- Nada. Eso era lo que más rabia me daba de ti: tu inocencia. Que eras transparente como el agua de un manantial. Por eso cuando mis padres me quitaron de instituto y me mandaron a un internado, creí que te habías chivado de lo que te hicimos y… Te acabé odiando más. Pero eso se ha acabado. Tenemos prácticamente los 19 años, estamos estudiando una carrera que será el trampolín que nos impulse a nuestro futuro… ¿Y vamos a estar peleándonos por cosas de adolescentes?


Bárbara comenzó a sollozar frente a Marina que, desde lejos y con temor, le ponía la mano en el hombro para intentar calmarla.
- Mira,-continuó diciendo Bárbara-, sé que he hecho las cosas mal y si he perdido a Alex ha sido por mi culpa, nada más. No sé si al final de aquí saltará la chispa y acabaréis juntos pero, si es así, cuídalo, ¿vale? Es un chico que vale oro y… Yo no supe verlo.
- Gracias por el consejo, Bárbara. Lo tendré en cuenta.
- Bueno, me voy ya que no quiero hacerte perder más el tiempo conmigo. Ya nos veremos por el campus y… Lo siento de nuevo, de todo corazón te lo pido. Espero que sepas perdonarme.
- Tranquila, puedes irte en paz. Hasta luego…


Al entrar en casa, Marina se encontró con que Alex había servido la cena y había preparado todo en la mesa del fondo. Sintiéndose como una reina, se sentó junto al chico y se pusieron a cenar mientras que él le preguntaba sobre la conversación que había tenido fuera.
- Pues me ha pedido perdón y me ha confesado el por qué me odiaba tanto y… Me ha dado hasta pena y todo.
- ¿Pena? Venga por favor, ¿después de todo lo que te ha hecho?
- Sí Alex. Ha sonado sincera y… hasta se ha puesto a llorar.


Al escuchar eso, Alex dejó de comer inmediatamente, mirando a Marina con un gesto entre sorprendido e incrédulo.
- ¿Bárbara llorando? ¿Delante tuya? No me lo puedo creer…
- Pues créelo porque yo la conozco desde mucho antes que tú aparecieras en su vida y sé perfectamente que su ego va por delante de todo. Por eso te digo que la he notado diferente, como si hubiera madurado finalmente.
- Pues mira, no le vendría nada mal.


Tras cenar, Alex le dijo a Marina que, como ya tenía el coche de vuelta, no haría falta quedarse en su casa a dormir, ya que no quería molestar más de lo necesario. Marina le insistió en que no molestaba, pero Alex prefería irse y dejarle su intimidad a la muchacha.
- Si te vas es porque quieres,-le dijo Marina a Alex mientras lo abrazaba-.
- Lo sé, pero no te preocupes, que quedaremos más veces y, a ser posible, en mejores condiciones.


Al separarse, ambos se quedaron mirándose fijamente el uno al otro, manteniendo una sonrisa en la cara y sin atreverse a hacer nada más… Marina estaba deseando poder besarlo, al igual que hizo en el sueño que tuvo estando inconsciente tras el golpe en la cabeza. Alex también quería estrecharla entre sus brazos, sin embargo, no quería ir demasiado rápido para no espantarla y, frenar ese sentimiento, era de lo más complicado.


Subiéndose al coche, Marina lo acompañó hasta la puerta del domicilio de Alex que se despidió de ella dándole un suave beso en la mejilla, dándole de nuevo las gracias por la cena y por todo.


En cuanto Marina volvió a su casa, se puso el pijama y se metió en la cama, donde intentaría dormir un poco en cuanto las mariposas de su estómago se estuviesen quietas. Estaba siendo un momento extraño pero especial, ya que la disculpa de Bárbara era algo que no se esperaba, pero mucho menos los motivos que tenía en su contra. Y Alex… Le había hecho olvidar a Lucas de golpe y porrazo. La estaba tratando muy bien, cuidadosa y delicadamente y una de las cosas que más le atraía de él era que no se quería aprovechar de ella, ya que nada ni nadie le habría impedido quedarse en su casa a dormir e, incluso, besarla.


El tiempo fue pasando y, pasadas ya las vacaciones de Navidad y con la primavera en pleno auge, volvieron las clases de nuevo. Y para Marina, tener que madrugar e ir a clase a primera hora le resultaba criminal, sobre todo porque siempre llegaba la primera y le daban ganas de echarse una cabezada antes de que llegasen todos.


Bárbara, por su parte, no había vuelto a molestar a Marina. La saludaba afablemente cuando se la encontraba por el campus y comenzó a despuntar favorablemente en su carrera, llamando la atención de muchos chicos que comenzaban a interesarse en ella.


Lo que más cuesta arriba le estaba resultando a Marina era mantener todas las asignaturas al día y poder tener una vida social decente, ya que la carrera le consumía casi el 100% de su tiempo libre y no le dejaba tiempo salvo para dormir unas 5 horas escasas cada día.


Pese a eso, todos los profesores estaban muy contentos con el trabajo que realizaba Marina en la universidad, ya que demostraba un interés y un esfuerzo titánicos para poder estar en la cresta de la ola.


Y respecto a Alex, aunque no eran pareja, todos sabían por allí que ambos estaban “juntos” y los respetaban, ya que siempre que podían ambos salían a cenar, al cine, a dar un paseo, a estudiar juntos en la biblioteca…


Y también se esperaban mutuamente a la salida de la facultad, cuando el otro tenía un poco de tiempo libre. Alex tuvo que dejar el trabajo para dedicarse plenamente a su carrera y a Marina, ya que no podía llevar tantas cosas hacia delante sin que le faltaran horas del día.
Alex era un chico detallista, ya que de vez en cuando sorprendía a Marina con unos pendientes o un ramo de flores, como aquel día.


Marina se sentía llena de felicidad en cuanto estaba junto a Alex y no podía evitar esa sonrisa tonta, pero es que era tan especial para ella que se entregaba totalmente a él. Sin embargo, ambos aún no habían intimado ni pasado de algún beso en la boca que otro, pero es que Alex quería disfrutar de todas las etapas, sin quemar ninguna. Sabía que existía un deseo mutuo de estar juntos, acostarse o de convivir bajo el mismo techo incluso pero las cosas, para hacerlas bien, había que llevarlas a cabo poco a poco.


Ese día, en el aparcamiento del campus, Marina iba hacia su coche cuando escuchó que la llamaban a sus espaldas. Al volverse, pudo darse cuenta de que era Bárbara.
- ¡Marina! Perdona que te moleste pero… ¿tienes un momento?


La aludida paró y se dirigió hacia Bárbara, sin tener ni idea de qué era lo que quería de ella.
- Verás pero… Ha pasado mucho tiempo desde nuestra pelea y… Quería preguntarte si… Nada, mejor déjalo.
- Bárbara, pregunta sin miedo mujer, que no te voy a comer.
- Me gustaría saber si no te importaría quedar un día las dos para tomar algo, en plan amigas. Me gustaría conocerte más y que podamos llegar a ser buenas amigas. No soporto el hecho de que, aunque hayamos enterrado el hacha de guerra, nos veamos por la universidad y nos saludemos fríamente como si nos conociéramos de vista… Pero bueno, entendería que me dijeses que no…


CONTINUARÁ...