jueves, 5 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 5


Unos seis años después, la vida en la isla volvía a marchar con naturalidad. La familia Ongo había adoptado a Lorenzo, a María y a Fausto como miembros de su clan, convivían todos juntos y la paz reinaba el lugar. Un día, muy temprano por la mañana, todos comenzaron a levantarse.
-          Gracias por traerme esa leña, Yondo,-dijo Lorenzo-. Eres un chico muy fuerte.
-          Pienso ser el jefe de la familia algún día.
-          Vaya, pues para eso tienes que ser muy valiente.
-          ¡Lo soy! He ido yo sólo a coger la madera…
-          Mira Liondo,-comentaba Synte al fondo-, qué tierno es nuestro hijo.
-          Sí, es encantador jejeje. ¡Buenos días!-saludó Liondo a todos-.




Lorenzo perdió su pierna izquierda hasta la altura de la rodilla, pero eso no le hizo quedarse quieto, todo lo contrario; aprendió a ir a la pata coja hasta coger mucha soltura, por lo que su vida volvió a ser más normal de lo que creían al principio.




Saliendo de una choza, María dio los buenos días a los que estaban presentes.
-          ¡Buenos días! Hoy el sol parece estar mucho más débil que ayer.
-          Sí, se acerca el invierno querida,-dijo cariñosamente su marido-.
-          ¿Y tú? ¿No piensas darme los buenos días, Yondo?-comentó María sonriendo-.




María y Yondo habían hecho muy buenas migas y para el pequeño era como una segunda madre y consideraba a Fausto como un hermano mayor.




Todos estaban reunidos alrededor del fuego, pero seguía faltando gente… Y María lo notó.




Mirando a su alrededor, no vio ni a Fausto ni a Endaya.
-          ¿Sabéis dónde están Endaya y Fausto?
-          Dijeron ayer noche que querían irse a pescar los dos juntos hoy al amanecer para coger provisiones para hoy y mañana,-comentó Synte-.




Respirando más tranquila, María siguió calentándose en el fuego.
-          Uf, me dejas más tranquila.
-          Deberían estar al caer, no te preocupes, son chicos listos y saben desenvolverse con soltura,-tranquilizó Liondo-.




Mientras tanto, dichos adolescentes estaban besándose en una zona alejada del poblado. El amor había surgido entre ellos y no podían evitar darse muestras de cariño constantemente.




Separándose, se miraban a los ojos con desbordante amor.
-          Deberíamos volver al poblado, ¿no? Se estarán preguntando dónde estamos,-dijo Endaya-.
-          Saben que nos hemos ido a pescar, que tardemos un rato más no importa,-comentó Fausto acercándose de nuevo a la boca femenina-.




Lo que sentían ambos era tan fuerte que, en poco tiempo, decidieron que querían casarse y formalizar la relación. Ante el asombro de Lorenzo y María, que aceptaron la unión de buen grado, Liondo fue el encargado de casarlos mediante el rito que tenían allí. No obstante, Liondo quiso saber cuál era la forma de casarse en el mundo donde venían y los padres de Fausto se lo dijeron.




Y en la actualidad, el amor que se profesaban seguía siendo el mismo que cuando decidieron comenzar sus caminos el uno junto al otro. Sin embargo, la situación actual era bien diferente a la de entonces.




El barco había atracado ya, por lo que Yondo y Fausto debían ponerse en marcha antes de que bajaran para ver qué hacían. Isabel conocía una pequeña cueva en la isla, así que llevó a todos allí, pero antes, Endaya quería despedirse de su marido.
-          No te preocupes por mí. Yondo y yo estaremos bien. Averiguaremos qué quiere esa gente.
-          Tened muchísimo cuidado. Procurad que no os vean y sed sensatos. Voy a estar muy preocupada por vosotros…




Endaya no llegaba a comprender qué hacía aquí ese barco ni lo que buscaba. Allí no había nada especial y, el hecho de ser un barco con tanto cargamento, le impresionaba más.




Seguía hablando con Fausto cuando su hija Isabel apareció corriendo tras llevar al lugar secreto a su abuelo Liondo.
-          Madre, cuando quiera.
-          Ya voy, hija.




Y dándole un último abrazo a Fausto ante la tierna mirada de la primogénita de ambos, se marchó.
-          Te quiero Fausto.
-          Y yo, vida mía.




Yéndose con su hija, quiso saber cómo había descubierto ese sitio.
-          Un día pescando, se me cayó la caña de pescar y descubrí que, buceando un poco, había una cavidad y que unos metros más al fondo, había un lugar donde no había agua.
-          Cada día me sorprendes más, hija. Tengo 47 años y nunca he sabido de la existencia de esa cueva.




Madre e hija corrían hasta la entrada del estanque natural donde se encontraba el escondite.
-          Estoy muy orgullosa de ti, Isabel.
-          Muchas gracias madre. ¿Está preparada?




Por su parte, Fausto y Yondo se fueron por el otro camino para llegar hacia la playa.




Se hizo un pequeño silencio entre ambos, pero Fausto cortó ese momento incómodo.
-          ¿Sabes? Estoy nervioso. Es la primera vez que me encuentro esto y… No sé, desde los 8 años no veo a nadie de fuera y me da miedo lo que me pueda encontrar.
-          Yo estoy igual, Fausto. Me preocupa mucho la seguridad de nuestra familia. Tal vez vengan en son de paz, pero… ¿y si no?
-          Vienen en un barco, y además, un barco grande… Tal vez hayan visto la isla y la quieran para algo.
-          Tal vez… Pero eso lo tenemos que descubrir.




Haciendo un pequeño parón en el camino, Fausto quiso hablar con sus padres.
-          Papá, mamá… Hoy es un día complicado para mí y ojalá pudierais estar aquí para darme consejo, pero la vida nos separó hace unos años. Interceded por mí, por todos nosotros. Ayudadnos a salvar a nuestra familia de las manos de los que se acercan…




Mientras tanto, habiendo atracado el barco un poco más lejos, varios hombres cogieron una barca y fueron hacia la costa. Una vez allí, comenzaron a hablar sobre lo que iban a hacer.
-          Está bien equipo. Debemos ser rápidos para que nos cunda la tarde. La isla parece grande, así que nos dividiremos para poder recorrerla en el menor tiempo posible,-indicaba Pocholo a su equipo-. Buscamos una planta en específico, pero si veis otra cosa que os llame la atención, decidlo.
-          ¿Se puede quitar el pijo ese traje de Indiana Jones?-decía uno de los pelirrojos con mala cara-.




El aludido sonreía mientras hacía un gesto de calentamiento con las piernas.
-          Jota, dile a tu hermanito que se quite la ropa de presidiario, que ya no hace falta que la lleve puesta.
-          De verdad, parecéis niños chicos,-dijo Jota, el otro pelirrojo-. Curri, para ya tío…




Pero Curri, seguía mirándolo con cara de pocos amigos.
-          Venancio, no me toques los cojones que la vamos a tener. Ya me has quitado la litera en el camarote, no sigas porque…




Interviniendo el que quedaba por hablar, se dirigió a Pocholo.
-          ¿Qué tienes pensado hacer?
-          ¡Por fin alguien que se interesa por la misión! Muy bien Rush, vamos a rodear esta costa para adentrarnos en el corazón de la isla. Luego nos dividiremos y, si ocurre algo o descubrimos alguna cosa, tenemos los móviles, ¿de acuerdo?




Realmente estaban lejos de la costa, así que todavía les quedaba un largo recorrido por andar…




Cuando llegaron a una de las bahías, Pocholo y Venancio se fueron hacia la derecha y Jota, Curri y Rush se fueron hacia el lado contrario.




Este último grupo caminó unos minutos, pero llegaron a una bifurcación. Jota, tomando la palabra, planeó que el grupo se dividiera.
-          Rush, tenemos que separarnos. ¿Vas con Curri por debajo de esa especie de puente natural o voy yo con él y tú te diriges a la izquierda?
-          Yo mejor por la izquierda, vaya a ser que se caiga alguna roca y me mate.
-          Vale, nos vemos después.




Andando, Rush se encontró con unos troncos colocados que formaban la palabra SOS. Utilizando el móvil, llamó a sus compañeros.
-          Acabo de encontrar unos troncos puestos de forma que dice SOS. Creo que esta isla puede estar habitada… Mantened los ojos bien abiertos.




A unos 100 metros de distancia, se encontraban Jota y Curri, que no habían visto nada significativo por el camino que habían tomado.
-          Rush, te vemos desde aquí. Vente con nosotros, que esto es nada más que playa y arena. Vamos a meternos al interior de la isla, a ver si encontramos algo.




Y más lejos aún, estaban agazapados Fausto y Yondo que vigilaban como dos halcones.
-          Esos dos tienen el pelo igual que el fuego, ¿cómo es eso posible, Fausto?
-          Son poco comunes, pero no es raro ver pelirrojos. Se les llama así.
-          Dios santo, nunca había visto nada igual…




Mirando un poco más hacia su derecha, se dieron cuenta de que Rush había descubierto los troncos que la difunta María había colocado 40 años atrás.
-          Mierda, no quité los troncos de mi madre. Joder, ahora seguro que sospecharán más.
-          No te preocupes. Esos troncos están muy mal y seguramente crean que quien sea que llegó a esta isla, esté muerto. Pero debemos estar atentos. ¿Qué hacen aquí? Parecen buscar algo, pero… ¿El qué?




En otra punta de la isla, Pocholo y Venancio habían encontrado lo que buscaban.
-          ¡Lo hemos encontrado! Jaja, al final el maldito Caletto tenía razón. ¿Quién coño le dijo que aquí habría una planta tan especial? Si esta isla no es ni conocida…




CONTINUARÁ…