Llegando hacia donde estaba su hija y Kevin, Fausto les
insistió en irse.
-
¿Cómo ha llegado aquí, padre?
-
Luego te lo cuento Isabel, ahora, ¡vámonos!
¡Julio lleva una pistola!
Por su parte, Kevin miraba a su tío sorprendido al ver el gran parecido que había con su padre...
Y sin apenas tiempo de decir nada más, Julio salió de la
casa de enfrente y comenzó a disparar a Fausto y a Isabel.
Kevin y los demás tuvieron rápidos reflejos y se escondieron
detrás del coche de éste, que le gritó a su padre para que dejara de disparar.
-
¡Papá! ¡Deja de disparar que estamos en una
gasolinera y nos vas a matar a todos!
-
¡Eres un fraude para la familia, Kevin! ¡NUNCA
deberías haber nacido! ¡Me has fallado!
-
Corred,-dijo Kevin a Fausto y a Isabel-, meteos
en el coche-.
Cuidadosamente y sin levantar la cabeza mientras que Julio
disparaba sin cesar, se metieron en el coche y Kevin, poniéndose al volante,
arrancó el coche yéndose lo más rápido que pudo.
-
Ahora vamos a descubrir si es verdad que pasa de
0 a 100 en 3 segundos,-comentó Kevin pisando el acelerador al máximo-.
-
¡Ya os pillaré, HIJOS DE PUTA!-gritó Julio dejando
de disparar al verlos alejarse-.
Saliendo Pocholo de la casa, le dijo a su jefe que tenían
que salir de allí rápidamente, porque la policía vendría en cualquier momento.
Si no querían que los pillasen, debían esconderse en un buen sitio.
Nuestros escapistas, llegaron a casa de Hugo, que estaba saliendo para tratar de buscar a Kevin e Isabel, cuando se los encontró de frente ¡y estaba con ellos Fausto! Menuda noticia tan buena.
Corriendo, Hugo fue a avisar a Rita y a Paola de que venían
Kevin, Isabel y Fausto.
-
¡Lo han encontrado! No sé cómo pero lo han
conseguido.
Yendo hacia la puerta de entrada, Rita y compañía se
encontraron con Fausto, Isabel y a Kevin.
-
¡Al fin! Parece que estáis sanos y salvos,-dijo
aliviado Hugo-. Creía que este momento no iba a llegar nunca… Me alegra verte,
Fausto. Me llamo Hugo y soy el agente del FBI encargado del caso de tu hermano.
Yendo en busca de Kevin, su hermana Paola lo abrazó con
ternura.
-
No sabes lo que te he echado de menos. Temía que
te hubieran hecho algo malo…
-
Lo hemos pasado muy mal, Paola. Papá me disparó
cuando Fausto logró escaparse.
-
¿De verdad? ¿A ti también?
-
¿A mí? Me dijo que nunca debería haber nacido…
¿Sabes? Se va a enterar ese cabrón de quién es Kevin Jodres.
Hugo continuaba hablando con Fausto.
-
Me imagino que estarás cansado, así que te voy a
preparar el baño para que te puedas dar una ducha caliente y asear. También
buscaré ropa que te pueda valer, que no puedes salir así a la calle sin llamar
la atención más de lo que has hecho.
-
Muchas gracias. Os estoy muy agradecido a todos
por vuestra acogida.
-
No me las tienes por qué dar. Sé que es duro
para ti, pero… ¿qué han hecho contigo?
Fausto, cambiando su semblante, contestó al agente del FBI.
-
Me metieron en un cuarto minúsculo y me quitaron
la ropa. Me dejaron sólo con este calzoncillo y se rieron de mí, me patearon y
me encerraron. Un rato más tarde me cogieron y entre los dos me llevaron a
punta de pistola hasta un coche del garaje, me metieron en el maletero y nos
fuimos de allí. Después nos fuimos a una casa frente a una gasolinera y ahí nos
metimos hasta que vi por la ventana a mi hija, pedí ir al baño y pude escaparme
por la ventana hasta que nos vieron y Julio se puso a dispararnos. Kevin nos
metió en su coche y vinimos hacia acá…
-
Y no sabrás a dónde van ahora, ¿no?
-
Ni idea… Comentaban sus cosas en un tono muy
bajo y al oído para que no me enterara de sus planes, así que no sé qué
pretenden hacer…
-
Bueno, no te preocupes. Ve al baño y relájate,
que luego tenemos que irnos.
-
Está bien. Gracias de nuevo.
Una media hora más tarde, Fausto salió del baño después de
ducharse, afeitarse y ponerse la ropa que le había prestado Hugo. Al entrar en
el salón, se encontró a todos que lo estaban esperando.
-
¿Y bien? ¿Cómo estoy?-preguntó Fausto-.
Hacía más de 40 años que no se daba una ducha en condiciones
y esa la disfrutó como nunca lo había hecho. Poder mirarse a un espejo,
afeitarse con cuchilla… ¡Qué lujo era todo eso para él! Por esa parte, estaba
contento de poder tener ciertos privilegios que le otorgaba vivir en la ciudad…
Rita lo miraba con una amplia sonrisa. Era exactamente igual
a su marido, pero Fausto sonreía, se veía feliz, estaba más cuidado físicamente
y con una tez mucho más morena, causada por el sol constante de donde había
vivido todo ese tiempo. Kevin miraba a su tío mientras se preguntaba cómo podía
ser aquel hombre tan parecido y, a la vez, tan diferente a su padre. Había
visto con sus propios ojos las palabras de amor y los gestos cariñosos que
tenía con su hija y añoraba que su padre hubiera sido así con él y con su
hermana. Paola, por su parte, sonreía también por el tremendo parecido a su padre,
pero Fausto tenía un look más moderno, más actual… Y a Paola le caía mucho
mejor su tío.
Isabel miraba a su padre sorprendida al verlo vestido de
aquella forma por primera vez. Estaba muy extraño, al igual que ella, pero
bueno, suponía que todo sería cuestión de acostumbrarse. Hugo observaba atónito
a Fausto mientras pensaba que el parecido entre ambos era tan asombroso que no
se esperaba que fueran tan idénticos hasta que los vio a los dos.
Mirando a Hugo, Fausto se dirigió a él.
-
¿Qué tenemos que hacer ahora?
-
Tenemos que ir a hablar con el juez de
instrucción del caso y declarar. ¿Estáis dispuestos a hacerlo?
-
Más que nunca,-dijo Kevin con determinación-.
Yéndose hasta el lugar correspondiente, acudieron todos en
masa para declarar y contar toda la verdad desde el principio…
Cada uno de ellos fue pasando a declarar frente al juez y,
contando la verdad sobre lo sucedido. Rita habló de que después de casarse, él
cambió completamente, de que la violó varias veces y que en dos de esas
ocasiones se quedó embarazada. Que la había amenazado con matarla si decidía
abandonarlo, de cómo secuestró a Fausto y de que ella e Isabel tuvieron que
escapar. Kevin y Paola contaron los problemas en el hogar, que veían todo tipo
de drogas por casa, que había grandes bolsas repletas de dinero y que todo eran
lujos y cosas caras. Isabel y Fausto contaron su parte desde la isla hasta que
llegaron allí.
Tras dos intensas horas, todos salieron del lugar cansados y
agotados. Ahora debían esperar a que las autoridades cogieran a Pocholo y a
Julio, quienes estaban con orden de busca y captura a nivel internacional,
prohibiéndoles cualquier tipo de desplazamiento, reforzando las salidas por
carretera y por mar.
A esa misma hora, en la otra punta de la ciudad, un Julio y
Pocholo muy cambiados, salían de una tienda.
Habían cambiado completamente su vestimenta y sus peinados,
para poder despistar a la gente.
-
Nunca me había vestido con una ropa de tan mala
calidad… ¿Y estas gafas? No sé cómo la gente puede llevar esto,-se quejaba
Julio-.
-
Pues a mí me gusta su estilo jefe. Está muy
moderno.
-
Di eso otra vez y te arranco la cabeza, Pocholo.
¿Y tú con esa cresta? No se te puede sacar a la calle.
-
Pues a mí me gusta… Puede que me quede este look
más tiempo.
Pero dejando a un lado esos comentarios, Julio y Pocholo
comenzaron a hablar de lo más importante…
-
Ya hemos visto en la tele que nos han puesto en
busca y captura, así que tenemos que salir del país lo más pronto posible,
Pocholo.
-
¿Y cómo pretendes hacerlo, jefe?
-
Se me ha ocurrido una idea y es que mi querido
hijo Kevin tiene un helicóptero a su nombre… Para salvaguardarme las espaldas,
adquirí cierta mercancía hace tiempo por si había alguna urgencia; y ha llegado
el momento de usar esos juguetitos. ¿Te apetece que nos vayamos a una… isla
desierta?
-
Oh jefe, ya veo por dónde vas… ¡Vámonos, joder!
Yendo hacia el escondrijo donde tenía el helicóptero, se
montaron en él y, despegando, se dirigieron hacia su destino…
El silencio de la isla era sepulcral, los pájaros parecían
haberse adormecido desde la presurosa partida de Fausto e Isabel y llevar tanto
tiempo sin tener noticias de ellos, era una pesada losa para Guengue. Se sentía
impotente al saber que habían atacado a su hermana mayor y que él no había
estado ahí para protegerla…
Rosa, la hija menor del matrimonio, lloraba cada noche antes
de dormirse pensando en su padre y su hermana. Se sentía sola y sin ellos dos…
Faltaban risas, carcajadas, charlas y paseos mientras pescaban a la luz de la
luna.
Yondo era un auténtico manojo de nervios. Se recorría la
isla de punta a punta varias veces a lo largo del día, oteando el horizonte por
si veía algo, un barco, un avión… Lo que fuera. Se sentía culpable al no haber
continuado con Fausto y haber ido en busca de Isabel.
Para Endaya, su hermano pequeño era su gran pilar en
aquellos momentos. Era el que mantenía la cabeza erguida y el que animaba a
todos en momentos de negatividad, pero él llevaba su propio calvario por dentro
y, por mucho que lo intentaba, Yondo permanecía en silencio y no compartía sus
sentimientos.
Synte había empeorado terriblemente desde el secuestro de su
nieta. La preocupación constante la reconcomía el estómago y la hacía vomitar
casi cualquier comida que entraba por su boca. Necesitaba tener noticias de su
nieta y de Fausto, saber que estaban bien, aunque no los volviera a ver nunca…
Liondo intentaba mantener el ánimo, pero la edad no
perdonaba y saber tantas cosas malas que podía hacer el ser humano, no hacía
sino avivar las llamas de la negatividad en su cabeza. Abrazaba sin cesar a su
esposa, la consolaba y la ayudaba en todo, pero nada de lo que hacía parecía
ser suficiente…
Escuchando un ruido extraño y fuerte, Guengue se incorporó
rápidamente del suelo.
-
¿Qué es eso?-preguntó-. ¿Podría ser…?
Mirando fijamente a su tío Yondo, se comprendieron sin
necesidad de decir nada.
-
¡Vamos!-dijo Guengue comenzando a correr a la
par que su tío-.
Pero los que habían llegado no eran otros que Julio y
Pocholo que acababan de bajar del helicóptero.
-
Te presento la isla, jefe.
-
Es más bonita de lo que me imaginaba…
-
¿Vamos a hacer lo que dijiste durante el camino?
-
¡Claro! Ve a por las armas…
CONTINUARÁ…