jueves, 2 de agosto de 2018

The Jungle || Capítulo 13


Pocholo más o menos conocía la isla de cuando estuvo ahí, así que hizo de guía a Julio mientras le explicaba y contaba qué cosas ocurrieron en cada lugar exacto.
-          Y aquí fue donde secuestré a la negra.
-          ¿Qué sitio es este?
-          No lo sé, pero con esas cosas tan raras clavadas en el suelo… Es un lugar extraño.




Y mirando hacia el laguito, Julio quiso saber si ahí era donde se habían escondido como Pocholo le había dicho tiempo atrás.
-          Creo que sí. Al menos vi cómo uno de los negros se metía ahí y no salía, así que bajo el agua tiene que haber otra salida oculta…
-          Qué cabrones… Hay que tener cuidado porque estamos en su territorio y ellos se conocen mejor el lugar que nosotros.




Julio pensaba en la suerte que había tenido Fausto al haber caído allí con sus padres. Habían descubierto una isla preciosa, llena de secretos y con una gente que los acogió. Creció feliz, tuvo hijos, vio a sus padres envejecer… Y mientras tanto, él luchaba en la ciudad por ganarse la vida hasta que decidió dar el gran golpe y comenzar a fabricar y vender su propia droga. La vida había sido muy injusta para él y era el momento de cambiar las tornas… Le había llegado la hora de sufrir a Fausto.




Apareciéndose de frente a ellos dos, Guengue y Yondo se quedaron inmóviles. En su corazón creyeron que serían Fausto e Isabel, pero al ver a dos personas distintas se desilusionaron y, a la vez, se pusieron en guardia.
-          ¿Quiénes sois y qué hacéis en nuestra isla?-preguntó enérgico Yondo-.
-          ¿Padre? ¿Es usted?-quiso saber Guengue-.




Julio no lo podía creer, ese chico era otro hijo de su hermano… De momento sabía de la existencia de dos, pero… ¿tendría más sorpresas? ¿Y quién era el negro que iba a su lado? Cierto es que todo lo relacionado con Fausto, le resultaba repulsivo a Julio.
-          No chaval, no soy tu padre. Mi nombre es Julio.
-          ¿Julio? ¿Usted es… mi tío?
-          Por desgracia sí, pero no por mucho tiempo.
-          ¿No me recuerdas?-preguntó Pocholo dirigiéndose a Yondo-. ¡Negro! Te hablo a ti…
-          Sí… Tú eres el cabrón que secuestró a mi sobrina. ¡Hijo de puta! ¿Dónde está?-dijo Yondo nervioso-.
-          Pasó a mejor vida…-mintió Pocholo-.




Guengue no podría creérselo. ¿Su hermana había muerto? ¿Y su padre? ¿Dónde estaba? ¿También lo habían matado?
-          ¡¿Por qué nos hacéis esto?!-gritó Guengue con lágrimas en los ojos-. ¿Qué os hemos hecho para que nos hagáis esto?
-          Existir. Ninguno de vosotros debería vivir a costa de la desgracia de otros. Tu padre vivió aquí feliz, olvidándose de mí, de que yo existía. Nunca les perdonaré que él y mis padres me abandonaran. Y todo por culpa de Fausto… Era más importante ir a Europa para que entrara en una escuela de música antes que quedarse conmigo en casa… ¡Siempre lo prefirieron a él! Yo fui el que sobraba, al que nunca querían, el que era peor en todo… ¡Pues aquí estoy! He subido a la cima del mundo, soy millonario y tengo lo que me da la gana.
-          No. Podrás tener de todo, pero te falta una cosa… Amor,-lapidó Yondo-.




Yondo sonreía cínicamente a Julio justo antes de comenzar a hablar.
-          ¿Cómo dices?-dijo un iracundo Julio-.
-          Hablas como un niño malcriado. Fausto no fue feliz siempre. ¿Te tengo que recordar que un niño de OCHO AÑOS tuvo que vivir cómo el avión en el que viajaba se iba a pique? ¿Y que sobrevivió a un salto en paracaídas? ¿A vivir con lo puesto en una isla casi desierta? ¿Que tuvo que fiarse de una gente que no conocía? ¿Que tuvo que ver a su padre sufrir mientras le cortaban la pierna? ¿Y tú te quejas de tu vida? Sólo piensas en ti mismo, Julio. Sí, me sé tu nombre perfectamente. ¿Sabes por qué? Por todas las veces que tus padres nos hablaban de ti, de cómo Fausto se dormía mientras lloraba diciendo tu nombre, de cómo echaba de menos jugar contigo, hablar de vuestras cosas, de contarte que estaba enamorado de mi hermana… ¿Y tú encima tienes la cara dura de hacerte la víctima? Eres un desgraciado.




Julio no cabía en sí de la ira y, ordenándole a Pocholo que sacara el arma, éste apuntó directamente a Yondo.
-          Quieto negro, si no quieres que te vuele la tapa de los sesos,-amenazó Pocholo-.
-          Pocholo, a éste no lo mates. Mata mejor a mi sobrino… Quiero verlo sufrir,-mandó Julio-.
-          Anda,  ¿te llamas Pocholo? Yo creía que te llamabas pelele…-comentó Guengue-.
-          ¡Te vas a enterar!-gritó Pocholo muy enfadado-.




Abriendo fuego, Yondo dio un paso al frente lo más rápido que pudo para intentar ponerse delante de su sobrino…




Ambos se cayeron al suelo y Yondo comenzó a recibir disparos en su espalda mientras que Guengue yacía inmóvil debajo de él.
-          Gue…Guengu…Guengue… No t-te mu… mueras…




Una gran sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Julio mientras felicitaba a Pocholo, que comenzó a alardear de puntería y de buen gusto a la hora de escoger el arma…




Yondo, por desgracia, moría junto a su sobrino Guengue. Había intentado por todos los medios salvar la vida de su sobrino, pero lo que había conseguido era que lo matasen a él…




Acercándose a los cuerpos inertes, Julio sacó el móvil dispuesto a hacerles una foto.
-          Ojalá pudiera ver la cara que se le va a quedar a la puta de Rita cuando vea la foto que le voy a mandar…
-          ¿Qué tiene que ver su mujer en todo esto?
-          Pues que la puerca ayudó a la negra esa y cuando escapó mi hermano, mi hijo estaba con ella, así que si le envío la foto a mi querida esposa, estoy seguro que lo verá mi hermanito del alma… A ver, decid: ¡PATATA!-dijo cínicamente a Guengue y Yondo-.




A miles de kilómetros de distancia, la familia de Rita había vuelto a la casa familiar, ya que dos coches del FBI vigilaban los alrededores del lugar y Hugo estaba con ellos.
-          De verdad Hugo, puedo hacer yo de comer, no te preocupes,-insistía Rita-.
-          Nada mujer. Me apetece hacerle la comida a la persona que más quiero en este mundo…
-          Ay, qué cosas tienes,-llegó a decir Rita justo cuando le sonó el móvil-. Uy, un mensaje, ¿quién podrá ser?




Al mirar el móvil y ver que provenía de Julio se asustó y, abriendo el archivo, pudo ver que era una foto de dos cuerpos en el suelo, uno de ellos con la espalda agujereada.
-          Dios, voy a vomitar…-dijo Rita tirando el móvil al suelo-.




Levantándose rápidamente del sillón, Fausto miró a Rita preocupado. Isabel y Kevin también miraron a la mujer que corría hacia el servicio.
-          ¿Qué ocurre?-preguntaron todos-.




Yendo a por el móvil, Fausto lo cogió del suelo y al ver la foto que había se quedó sin palabras…
-          No… No puede ser…




De vuelta en la isla, en el poblado habían escuchado los disparos y, muy asustados, decidieron esconderse en sus casas. Liondo animaba a su mujer a que se diera prisa, pero los pasos lentos de Synte no daban para más.
-          Cariño, date prisa. Tenemos que escondernos…




Endaya ordenó a su hija menor que se metiera dentro mientras que ella apagaba el fuego. Si creían que no estaban, tal vez se dieran por vencidos…




Llegando a la puerta, Liondo paró a su mujer.
-          Cielo, es mi deber como el patriarca de la familia el defender nuestro hogar… Cuida a las niñas.
-          No Liondo, te matarán…
-          Que sea lo que Dios quiera. Si he de morir, que sea defendiendo a los que más quiero en este mundo. Te amo golondrina.




Y minutos después, aparecieron los “pacifistas” de Julio y Pocholo.
-          Bah, pero si es un viejo,-dijo Pocholo carcajeándose-.
-          Este viejo podría ser tu abuelo, jovencito.
-          Deja al anciano en paz… Debe enterrar a su hijo y a su nieto. Uy, ¿no lo sabía? Perdón…-dijo Julio en tono irónico-.




Liondo permaneció completamente serio mientras no dejaba de mirar fijamente a Julio.
-          Qué pena me das, Julio. Cuánto te pareces a tu hermano y qué diferentes sois el uno del otro. ¿Qué le lleva a una persona a asesinar a sangre fría a su familia? No lo entenderé nunca y menos a mis años. He vivido muchas cosas y no todas agradables, pero lo que sé es que, aunque mi hijo y mi nieto hayan muerto, ya se encuentran en paz y descansando. Pero no puedo decir lo mismo de ti… Siento que cargas con un gran dolor desde hace tiempo, lo veo en tus ojos… ¿Por qué le guardas rencor a tu hermano?
-          Este viejo no sabe lo que dice jajaja,-intentaba ridiculizar Julio a Liondo-.




Pero Liondo no había hecho nada más que empezar a hablar.
-          No intentes reírte de mí, porque un día, si Dios quiere, llegarás a viejo, como yo soy ahora. Y si tienes suerte, podrás ver a tus nietos, abrazarlos, verlos crecer… Pero no, eso a ti no te pasará porque a ti te mueve el rencor y la ira, dos potentes enemigos de la vida que, cuando se juntan, forman un agujero negro que arrastra todo a su paso… Lo peor es que te acabará arrastrando a ti y te consumirás en tu propio odio.
-          Este viejo no dice nada más que gilipolleces, Julio. ¿Lo mato ya?-preguntó Pocholo-.
-          Matadme, torturadme si queréis, pero Julio sabe que digo la verdad. He tenido una vida plena donde he pasado buenos y malos momentos pero, sin duda, lo mejor de mi vida ha sido AMAR y SER AMADO. ¿Podrías decir tú eso, Julio? Me temo que no… Sólo hay que mirarte para darse cuenta que el odio ha podido contigo. ¡Mira a tus padres! Están enterrados ahí detrás y te puedo asegurar que, desde ahí arriba, no podrán estar más avergonzados de ti.




Sin esperar un segundo más, Julio sacó dos pistolas que tenía guardadas y apuntó con ellas a Liondo.
-          Me has tocado demasiado los huevos. Di tus últimas palabras antes de morir, ¡viejo asqueroso!




Mirando fijamente a Julio, sin parpadear, contestó.
-          Tu hermano siempre ha sido mejor hombre de lo que tú serás nunca…




Pocholo abrió los ojos de par en par mientras veía cómo las balas iban entrando en el cuerpo del anciano que cayó al suelo muerto y comenzando a sangrar abundantemente…




Tras asesinar a Liondo, Julio fue en busca de las tumbas de Lorenzo y María. No les dijo nada, sólo los miró con cara de desprecio y escupió en el suelo.




Julio había perdido el norte y su cabeza sólo pensaba en una cosa, hacer sufrir a su hermano, por lo que… ¿Qué haría? Oh sí… Ir a por las mujeres de la familia feliz.




Pocholo entró en las casas una por una hasta que en una de ellas se encontró a Endaya que protegía a su hija Rosa y a su madre Synte.
-          Pero mira a quién tenemos aquí… Tú debes ser la madre de la asquerosa hija de Fausto.
-          Su nombre es Isabel, desgraciado. ¿Qué has hecho con mi padre?
-          Uy, yo nada… Pero el jefe lo ha dejado como un colador. ¿Sabes lo que es eso?-dijo aproximándose a ella-.
-          Ni se te ocurra tocar a ninguna de ellas, cabrón.
-          No te preocupes, no les pienso hacer daño. Sólo quiero comprobar si son mejores que la otra.
-          ¿Dónde está Isabel?
-          En el fondo del océano, haciendo compañía a Fausto,-mintió a propósito para hacerles más daño-.




Synte agarraba a su nieta que lloraba desconsolada en silencio mientras que su pobre abuela perdía las fuerzas a cada minuto que pasaba…




Acercándose a Endaya, Pocholo comenzó a pegarle guantazos en la cara hasta dejarla inconsciente en el suelo. Cuando miró hacia el fondo, pudo ver a Rosa.
-          Pero mira quién tenemos aquí… Si eres la pequeña de la familia, ¿no? ¿Qué edad tienes?
-          ¡Vete al infierno!
-          Uh, tienes carácter, me gusta… Nos lo vamos a pasar muy bien tú y yo, zorra.




Agarrándola del brazo, Pocholo la puso delante de él, obligándola a salir de allí mientras la apuntaba por la espalda.
-          ¡Camina, puta!




Por desgracia, la falta de energía de Synte, unidas a los sonidos de disparos y las falsas noticias de las muertes de Isabel y Fausto, hicieron que el cansado corazón de la anciana se parara y dejara de latir…




CONTINUARÁ…