lunes, 23 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 10


Rita todavía estaba en el escondite con Isabel y quería volver a casa, pero no estaba segura de si se habían ido Pocholo y Julio o no, así que llamó a su hijo Kevin.
-          Kevin, ¿estás en casa?
-          Sí, me acabas de despertar, ¿qué quieres mamá?
-          Necesito que vayas a mi dormitorio y cojas un vestido mío.
-          ¿Y para qué lo necesitas? ¿Dónde estás?
-          Tú hazme caso y cógelo. ¡Ah! Y mira en mi zapatero por si hay algún zapato plano, que no tenga tacón.
-          Aish mamá…
-          Venga, no te quejes y hazme el favor. Cuando lo tengas, sal al jardín. ¿Está tu padre en casa?
-          No lo sé.
-          Bueno, ahora haz eso que te he pedido y nos vemos fuera, chao.




Kevin, muy a su pesar, se vistió y fue al dormitorio de su madre para coger la ropa. La casa estaba completamente en silencio y al llamar a su padre y no obtener respuesta, supo que no estaba. Lo que le extrañaba al primogénito de la familia era que su madre no estuviera en casa y que le hubiera pedido ropa. Kevin tenía el sueño tan profundo que no se había enterado de nada de lo que había pasado minutos antes en su casa.




Al salir al jardín, miró a todos lados y, momentos después, vio cómo su madre subía la colina y detrás una chica a la que nunca había visto. ¿Quién era esa muchacha?




Cuando llegó, Rita abrazó a su hijo con fuerza.
-          Esto… Mamá, ¿a qué viene este abrazo? Hacía años que no me abrazabas…
-          No sabes el miedo que he pasado, Kevin.
-          ¿Miedo? ¿Qué ha ocurrido?
-          Tu padre y Pocholo, que han perdido el norte.
-          A ver, tranquilízate y dime qué es lo que ha pasado.
-          Tu padre estaba hablando con Pocholo cuando alguien entró en casa y agarró a Pocholo. Yo me levanté al escuchar voces en un tono más alto y, sin comerlo ni beberlo, el que había agarrado a Pocholo no era otro que el hermano de tu padre.
-          ¡¿El tío Fausto?! Pero… ¿no había muerto con los abuelos en un accidente de avión?
-          Eso creíamos, pero al parecer no…




A Kevin se le acababan de romper todos los esquemas de su cabeza…
-          A ver, a ver, que yo me entere… El tío Fausto vino aquí y agarró a Pocholo. Hasta ahí bien, ¿y qué pasó después?
-          Tu tío dejó inconsciente a Pocholo y discutió con tu padre por el tema de las drogas. Al parecer cuando tuvieron el accidente de avión, tus abuelos y él sobrevivieron en una isla y estuvieron allí hasta ahora que Pocholo fue por orden de tu padre para coger unas plantas para comercializarlas como droga. Pocholo secuestró a esta chica, que es tu prima, y tu tío se coló en el barco y vino hacia aquí.
-          La Virgen… ¿Y qué han hecho con el tío? Porque ni papá ni Pocholo están en casa.
-          Eso es lo que no sé, porque Pocholo se despertó, agredió a Isabel y fue junto con tu padre a por tu tío Fausto. Yo agarré a tu prima y salimos corriendo de allí. Por eso te he pedido la ropa, mira qué pintas lleva…




Madre e hijo miraron a Isabel que, avergonzada, agachó la cabeza.
-          Toma, aquí tienes la ropa,-le ofreció Kevin amistosamente-. Te acompaño al aseo para que te puedas cambiar.




Unos minutos después, una Isabel completamente cambiada, salió al comedor ante la atenta mirada de su tía y su primo.
-          Wow, menudo cambio Isabel,-admiró Rita-.
-          Estás muy guapa,-afirmó Kevin mientras que Isabel lo miraba fijamente-.




Rita se acercó a su sobrina y la felicitó.
-          Se te ve estupenda. Pareces otra chica diferente.
-          Yo me veo muy rara… Nunca me he vestido así. Si me vieran mis padres no me reconocerían.
-          Uy, pues tengo que maquillarte todavía.
-          ¿Maquilla-qué?
-          Tú vente conmigo y confía en mí…




Unos cinco minutos después, ambas mujeres salieron del baño e Isabel parecía una persona distinta con ese vestido y el maquillaje.
-          ¿Cómo ves a tu prima, Kevin?-preguntó Rita-.
-          Está muy guapa y diferente. Nadie diría que es la misma chica.




Isabel se veía rara, ya que ese vestido le parecía demasiado ostentoso para ella, los zapatos, pese a ser planos, le incomodaban un poco y sobre el maquillaje… Nunca había visto su cara sin ningún granito ni sus labios de ese color.




Kevin, haciendo ademán de ser simpático, pese a estar algo más avergonzado de la cuenta, le dijo a Isabel que chocaran los cinco y, para su sorpresa, Isabel sabía perfectamente qué era eso y le chocó la mano. Por su parte, Rita sonreía al ver que su hijo e Isabel se llevaban tan bien.




Mientras Isabel se vestía, Rita aprovechó para hablar con Walter y contarle que necesitaban irse a su casa. Aceptando de buen grado, los esperó hasta que llegaron en el coche de Rita.
-          Bienvenidos a mi humilde morada.




Rita abrazó dulcemente a Walter. Necesitaba en ese momento estar con él más que nunca…
-          No sabes cuánto te necesitaba… He pasado tanto miedo…-confesaba Rita-.
-          Vámonos al salón y allí hablamos más tranquilos. Venga, pasad.




Pasando a dicha sala, se sentaron en los sofás y Rita le dijo todo lo ocurrido a Walter, quien no salía de su asombro.
-          Como te lo digo, cariño, Julio perdió los estribos y creo recordar que mientras sacaba a Isabel, lo vi con una pistola en la mano. No sabía que tenía armas en casa, pero el hecho de estar con él en las mismas cuatro paredes me aterra…
-          Ya, es comprensible amor,-tranquilizaba Walter-. Kevin, ¿tú escuchaste o viste algo?
-          Qué va, estaba durmiendo en mi cuarto y me desperté cuando mi madre me llamó al móvil, porque si no seguiría durmiendo.




Walter también quiso saber la versión de Isabel, así que le preguntó y ella le contó todo lo ocurrido desde que escucharon al barco hasta que Pocholo le pegó el puñetazo en el salón de la casa de Rita. Isabel se notaba asustada, pero intentaba mantener la compostura tal y como le habían inculcado sus padres en la isla.




Pero Isabel no podía evitar desconectarse de la conversación y pensar en cómo estaría su padre, dónde, si estaría bien, si le dolería algo o si lo habían… No, no quería pensar en eso. Julio no sería capaz de matar a su propio hermano… Isabel no podía entender lo que estaba pasando ya que, para ella, sus hermanos eran lo más grande y bonito que le había pasado en la vida y el hecho de ver así a su padre con Julio, le rompió todos los esquemas…




Walter se quedó en silencio durante un momento y, después de resoplar, pidió a Kevin y a Isabel que se marcharan porque quería hablar con Rita a solas.
-          Podéis iros al salón, que allí está la tele y podéis entreteneros si queréis. Estáis en vuestra casa.




Isabel seguía bastante callada, pero no paraba de mirar a Kevin cada dos por tres. Él, dándose cuenta de la mirada de la chica, le preguntó.
-          ¿Por qué me miras tanto?
-          Perdón, pero me recuerdas mucho a mi hermano y… Todavía no estoy acostumbrada a ver a nadie que se parezca a mi familia y que también sea de la nuestra.




En el salón de estar, Walter comenzó a hablar con Rita.
-          Verás Rita, hay una cosa que quería contarte desde hace mucho tiempo, pero me lo han impedido terceras personas y, aunque me cueste el trabajo y que mi vida cambie, ya mucho más no podría hacerlo.
-          Walter, me estás asustando…
-          Rita… No he sido totalmente sincero contigo. No me llamo Walter Lozano, sino Hugo Lozano y soy un agente infiltrado del FBI.
-          ¿Cómo?
-          Julio lleva años en el punto de mira del FBI y trazaron un plan para que alguien se infiltrara en su círculo y, así, poder sacar pruebas fehacientes del negocio real de tu marido y me mandaron a mí. En un primer momento, la idea era meterme en el negocio de Julio, pero cuando te vi, quedé tan impresionado que desobedecí las órdenes y comencé a hablar contigo. Estuvieron preguntándome por qué no me había metido en la empresa de Julio y entonces fue cuando les hablé de ti. Muy a su pesar, dijeron que a través de ti también podría averiguar la verdad sobre Julio y me proporcionaron otra tapadera con un trabajo falso y una vida pasada inventada, pero lo que era real eran mis sentimientos hacia ti.




Rita no terminaba de asimilar todo lo que Walter o… Hugo, le acababa de decir.
-          Entonces… ¿no trabajas como agente de seguros? ¿Ni tampoco estudiaste en la Universidad de Chicago? ¿Nada de eso era verdad?
-          No. Me licencié en Harvard y, como te he dicho, soy agente del FBI. No sabes lo que sentía cada vez que te mentía pero… Si te decía la verdad desde un primer momento mis jefes me retirarían del caso, por eso evitaba hablar de mi vida. Pero quiero que tengas claro que tal y como me he comportado contigo es como soy en realidad y que mis sentimientos son verdaderos. Yo no vine aquí con la idea de enamorarme, pero te encontré y ahora no quiero separarme de ti. Rita, perdóname, lo siento mucho, de verdad…




El antiguo Walter, que ahora llamaremos Hugo, tenía un nudo en el estómago y sabía que decirle esto era una prueba de fuego, ya que ella podría alejarse para siempre de él. Pero se había cansado de mentir y, tal y como estaba la situación, era el momento perfecto para pillar a Julio de una vez por todas, salvar la vida de su hermano y quedarse con Rita para siempre.




Levantándose sin decir nada, Rita comenzó a alejarse, pero Hugo se levantó y quería pararla.
-          Rita, no te vayas. ¡Espera!
-          Walter, Hugo, como quiera que te llames… Ahora no puedo confiar en alguien que me ha estado mintiendo todo este tiempo, así que me voy.
-          Pero, te acabo de decir la verdad y está la vida de un hombre en juego… ¡Rita!




Yendo en su busca, Hugo la agarró del brazo y la besó con pasión y anhelo y, para su sorpresa, Rita se abrazó a él con fuerza y no quería soltarlo.




Al separarse, ella lo miró con ojos enamorados.
-          Oh, te odio en estos momentos, pero te has metido dentro de mi corazón y no podría vivir sin ti… ¿Hugo has dicho que te llamabas?
-          Sí, me llamo Hugo. Joder, qué ganas tenía de que me llamaran por mi nombre.
-          ¿Y qué vamos a hacer ahora?
-          Tengo que hablar con mi jefe y decirle lo que ha pasado. Creo que comprenderá la situación y nos ayudará.
-          Ay, ¿qué hora es?
-          Las 19:10, ¿por qué?
-          Mi hija sale de trabajar dentro de 20 minutos, le tengo que decir que se venga aquí en lugar de ir a casa, que no me fío de que Julio vuelva y haga alguna locura de las suyas.




Mientras tanto, Isabel le hablaba a Kevin sobre las cosas que hacían y vivían en la isla.
-          ¡Qué va! Allí por la noche tenemos antorchas y una fogata en medio del poblado. Antes éramos dos clanes, pero la otra familia sólo pudieron tener un hijo y encima éste un día despareció y no volvimos a saber de él. No sabemos si murió o qué hizo, pero los padres murieron y ahora estamos sólo nosotros.
-          Entonces… ¿Cuántos vivís allí?
-          Mis abuelos por parte de madre, mis padres, mi tío, mis dos hermanos y yo. Mis abuelos por parte de padre, bueno, nuestros abuelos… Murieron hace unos años y están allí enterrados.
-          Me hubiera gustado conocerlos, ¿cómo eran?




Kevin escuchaba atentamente los relatos de su prima Isabel sobre Lorenzo y María de los que apenas había oído escuchar de la boca de su padre, ya que era un tema que no le gustaba sacar y que siempre le ponía de mal humor.
-          Joder, pues nuestros abuelos entonces serían unos cracks. Y bueno, ¿cómo hicieron para comunicarse con vosotros?
-          Según me dijo mi abuelo Lorenzo, él sabía hablar inglés y, como es nuestro idioma natal, se pudieron comunicar hasta que nos enseñó a todos hablar español y ahora hablamos indistintamente un idioma u otro, ya que mi padre siempre decía que tenía la esperanza de salir de esa isla… Y fíjate, hemos salido de allí y de qué manera.




Unos minutos más tarde, Paola llegó hasta la dirección que le había dicho su madre.
-          ¡Hola mamá! ¿Qué hacemos aquí?
-          Entra rápido. ¿Te han seguido?
-          ¿Seguirme? ¿Por qué me tendrían que seguir?
-          Ven y te cuento.




Cuando estuvieron todos, se reunieron en el salón y Hugo, tomando la palabra, habló claro a todos.
-          Antes de nada, quiero pediros disculpas a todos de antemano por lo que voy a decir. Vuestra madre ya está avisada, así que a ella no le pilla de sorpresa. Soy agente del FBI y llevo infiltrado en este entorno desde que conocí a vuestra madre. El hecho de salir con Rita no fue el objetivo en ningún momento, fui yo quien me enamoré de ella y tuvieron que cambiar la tapadera por mi culpa. Ah, y mi nombre no es Walter, sino Hugo. Y dicho esto, quería preguntaros si seríais capaces de declarar en contra de vuestro padre, o de tu tío en este caso,-dijo refiriéndose a Isabel-, para que podamos encerrarle durante bastante tiempo. Yo tengo alguna prueba más, pero vuestra declaración sería crucial y muy importante.
-          Yo sí, cuenta con ella,-dijo valientemente Rita-.
-          Bueno, si mi madre lo hace, yo también…-dijo algo más inseguro Kevin-.
-          Yo también. Por muy tío mío que sea, lo que nos ha hecho no puede quedar impune. Ni él ni Pocholo,-sentenció Isabel-.
-          ¿Y tú, Paola?-preguntó Hugo-.
-          Bueno… No deja de ser mi padre y nunca ha sido muy bueno que digamos pero… No sé…
-          Hija, piensa que tu padre tenía un arma en casa y que con ella le pegó a tu tío Fausto. ¡A su propio hermano! ¿Qué no nos podría hacer a nosotros?
-          Vale, está bien. Todo lo que sepa lo diré,-afirmó Paola-.




A todo esto, al pobre Fausto le habían dejado sólo con los calzoncillos puestos. Le habían quitado la ropa entre risas y comentarios sarcásticos, imitando a Tarzán y diciéndole que allí estaba sólo y que no podría venir ningún gorila a ayudarlo, haciendo referencia a su familia de la isla.




Fausto se sentía hundido y, a la vez, muy preocupado, porque no sabía nada del paradero de su hija Isabel. Tenía la esperanza de que la mujer de su hermano fuera buena persona y la hubiera escondido, pero con el lío de la pelea no pudo fijarse bien qué ocurrió con ella. Su corazón estaba más inquieto por la situación de su hija más que por la suya propia, ya que sabía que, si tenía que morir, lo haría feliz de haber tenido una familia estupenda que lo quería.




En la casa de Hugo, éste recibía una llamada de teléfono.
-          ¿Sí jefe? ¡Estupendo! Son muy buenas noticias. Gracias. ¡No! Eso podría llamar más la atención. Dejadme a mí con la situación. Os iré avisando.




Y dirigiéndose a los demás, le comunicó lo que le había dicho su jefe.
-          Buenas noticias. Me ha dicho mi jefe que captaron el coche de Julio en las cámaras de seguridad. Allí aparecen sólo dos hombres, él y uno moreno.
-          Pocholo,-confirmó Rita-.
-          Me han dicho que no vieron rastro de ningún otro hombre, pero que entraron en la empresa de Julio y no han vuelto a salir. ¡Los tenemos! Quedaros aquí, este es un lugar seguro. Pediré a dos agentes que vengan a vigilar la puerta. Yo iré a la empresa de Julio…




CONTINUARÁ…

jueves, 19 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 9


El hecho de acercarse a la puerta y poder abrirla gracias a ese viejo truco de cuando era niño, fue una satisfacción personal muy grande para Fausto. Pero ahora tenía que concentrarse y averiguar qué era lo que hacía Pocholo en su casa, porque si el taxista lo había llevado allí, sería porque su hermano aún vivía en esa casa, ¿no? Tenía demasiadas preguntas en su cabeza…




Colocándose cerca de uno de los ventanales, vio a Rita. No sabía quién era, pero se imaginó que sería la mujer de su hermano. Ella estaba viendo la tele casi de espaldas a la ventana, así que Fausto pasó sin miedo de ser visto.




Dando la vuelta a la casa y colocándose en la parte posterior, vio a través de una de las ventanas a Julio. Su primera reacción fue quedarse boquiabierto, ya que llevaba 40 años sin verlo. Estaba mucho más blanco que él y… ¿se le veía un poquito de barriguita? A su lado estaba Pocholo charlando tranquilamente con él y, atendiendo, pudo escuchar parte de la conversación.
-          Yo creo que en una semana podremos estar comercializando con esta nueva droga. Vamos a hacernos millonarios jefe. Se ha corrido la voz y ya tenemos ofertas para venderla por más de 5 millones de euros.
-          Pocholo, he de reconocerlo pero trabajas muy bien. Ahora me doy cuenta de que fue muy buena idea mandarte a aquella isla.




Fausto se acababa de enterar de que su hermano era, nada más y nada menos, que el jefe de Pocholo. La ira lo reconcomía por dentro y sabía que, por muy hermano gemelo que fuera de él, lo que había hecho no tenía perdón. Así que tramó un plan para llamar la atención de Pocholo por lo que, muy rápido, corrió pasando por delante de la ventana y, por suerte, Pocholo picó.
-          Jefe, acabo de ver corriendo a alguien por fuera de su casa.
-          Eso es imposible. Tengo las puertas cerradas y nadie que no sea de la casa puede entrar.
-          Te juro que he visto a alguien pasar.




Pocholo tenía que comprobar que no se estaba volviendo loco y se levantó dispuesto a averiguar quién había pasado por allí.




Y casi al llegar a la esquina, se encontró de frente con Fausto.
-          ¿Tú? ¿Qué coño haces aquí?
-          ¡Sorpresa!




Y sin darle tiempo a reaccionar, Fausto corrió y agarró a Pocholo del cuello, inmovilizándolo para que no hiciera ninguna tontería.
-          ¿Qué quieres de mí?
-          De momento vayámonos a dar un paseo Pocholo. Quiero conocer a tu jefe.
-          En cuanto te vea te meterá una bala en la frente, cacho de mierda.
-          Ya veremos…




Y entrando en el salón agarrando a Pocholo, se colocó frente a Julio a cierta distancia.
-          ¿Quién eres y qué haces en mi casa?-dijo Julio sobresaltándose-.
-          Jefe, ayúdame,-pedía Pocholo-.
-          Shhh, cállate come mierda,-ordenó Fausto-.
-          ¿QUIÉN ES USTED?-gritó Julio levantándose del sofá.




Los gritos alertaron a Rita que entró en el salón y al ver la situación, se asustó un poco.
-          ¿Qué está pasando aquí Julio?
-          Eso quisiera saber yo. ¡Hable!
-          Comencemos con que este subnormal vino a mi isla y arrasó con la mitad de la vegetación y luego, por si no fuera poco, raptó a mi hija después de dejarnos a ella y a mí inconscientes. Por eso me colé en el barco y por eso estoy aquí Julio. Y pensar que vine aquí para pedirte ayuda…
-          ¿Cómo sabe mi nombre? ¿Y de qué me conoce?
-          ¡No lo escuches jefe!-dijo Pocholo-.




Hartándose, Fausto apretó el cuello de su presa hasta dejarlo inconsciente, cayendo como un fardo de heno al suelo.
-          Soy tu hermano Fausto, Julio.




Julio no podía creérselo. ¿Después de todos esos años? ¿Estaba vivo? Permanecía inmóvil sin articular palabra ya que el shock era demasiado grande para él.




Rita, mirando a su marido sorprendida por todo lo que estaba viendo y oyendo, llamaba a Julio para que reaccionara.
-          Y tú debes ser su esposa, si no me equivoco,-dijo con voz calmada Fausto-.
-          Por suerte o por desgracia sí.
-          Siento conocer a mi cuñada en estas circunstancias…
-          No te preocupes, ese Pocholo se merecía eso y más. ¡Julio! ¿Piensas decir algo?




Reaccionando y volviendo en sí, Julio se acercó a su hermano y cuando fue a ver si Pocholo estaba muerto, Fausto comenzó a reprenderle por lo que había hecho.
-          ¿En qué pensabas Julio? ¿Drogas? ¿Tan vacía está tu vida para que te dediques a destrozar la vida de los demás? Si consideras que tu vida es una mierda es que no valoras lo que tienes, porque tú no te quedaste encerrado en una isla con 8 años. Tú no tuviste que aprender a comer pescado crudo, ni a pescar, ni a dormir con un ojo abierto, porque no sabías si los ruidos que se escuchaban por la noche eran de fieras que querían comerte.




Julio no había articulado palabra todavía, pero no salía de su asombro aún.
-          Fausto, ¿40 años desde que nos vimos y eso es lo primero que me tienes que decir? Yo no tuve la culpa de que os quedarais en la isla encerrados, ¿eh? Yo también lo pasé muy mal y fui yo el que tuvo que salir adelante SOLO en el internado donde me mandó la abuela. Fui YO quien tuvo que salir adelante trabajando hasta poder abrir mi propia empresa. ¡YO! ¿Y es eso lo único que me tienes que decir?
-          Tú, tú y solamente tú, ¿no te das cuenta de que sólo te buscas a ti mismo? ¿Qué quieres que te diga, que te he echado de menos? ¿Que echaba de menos jugar contigo como hacíamos de pequeños? Si estoy aquí es porque ese que te llama jefe raptó a mi hija. Me dejó inconsciente viniendo por detrás, como los cobardes, se subió a un barco y pretendía abusar de ella justo cuando lo impedí y nos largamos corriendo. Y, ¡mira qué sorpresa! Me encuentro que he vuelto a Los Aniegos, vengo en busca de tu ayuda para decirte que no estoy muerto y para poder reunirme con mi familia de nuevo y descubro que el que planeó todo fuiste tú…
-          Yo en ningún momento le dije a Pocholo que secuestrara a nadie. Si hizo eso fue porque le dio la gana, así que no me vengas a echarme la culpa de todo.




Pero Fausto no había terminado aún.
-          Vale, pero si supuestamente eres su jefe y él trabaja para ti y un empleado hace algo que no te gusta, lo reprendes, ¿no? Pero tú no, tú lo felicitas diciéndole que fue una gran idea mandarlo a la isla. ¡A ti no te importa nadie! Sólo veo que te importas tú y ganar dinero. ¿La gente para ti no somos nada? ¿Y tu familia? ¿Y tus amigos? ¿Qué harán si te pilla la policía? ¿No se te pasa eso por la cabeza?
-          Al fin alguien le dice las cosas claras a Julio. Con cada palabra que dice me cae mejor su hermano,-pensaba Rita-.
-          Cuando te pasas tanto tiempo en una isla como lo he estado yo, cuando descubres que te tienes que valer por ti mismo y hacer las cosas por tu cuenta; cuando sabes que no puedes más pero, aun así, tienes que continuar y seguir adelante es cuando te das cuenta de que las personas que permanecen a tu lado en los peores momentos de tu vida, son las que valen la pena. En mi familia no nos utilizamos, nos ayudamos, nos queremos y nos apoyamos mutuamente. Si a uno le pasa algo, todos los demás vamos en su auxilio. Somos una piña. ¿Y qué veo aquí? A un hombre que sólo busca dinero y que mira con asco a su esposa. ¿Tú sabes lo que echo de menos a mi mujer? ¿Y a mis hijos? ¿Y a mis suegros y mi cuñado? Tú no lo sabes ni lo sabrás nunca.




Y para rematar…
-          ¿Qué fue de papá y mamá?-preguntó Julio-.
-          ¿Ahora me preguntas por ellos? Pues para tu información papá se rompió la pierna izquierda al aterrizar con el paracaídas y mi actual suegro le ayudó y le tuvieron que cortar la pierna. Perdimos nuestra ropa, los móviles, mamá sus gafas y ya sabes que sin ellas veía poco… No tuvimos una vida fácil, Julio.
-          ¿Ya…?
-          ¿Muertos? Sí. Papá murió primero, amaneció una mañana ya muerto y mamá a los pocos años. Quiso subir a una palmera a por cocos y cayó desde bastante altura…
-          Dios mío. Yo, yo… No sé qué decir.
-          Pues di que nos ayudarás a volver a la isla a mi hija y a mí.
-          ¿Y te irás así sin más?
-          Julio, aún te quiero y te echaba mucho de menos, pero no puedo olvidar lo que hizo Pocholo. Ese malnacido…
-          ¿Y qué quieres que haga? Es mi mejor hombre y mi mano derecha… No puedo entregarlo a la policía, porque entonces iría yo detrás y no puedo entrar en la cárcel.
-          ¿Tu mejor hombre? ¿En serio? De verdad que no sé por qué estoy aquí… Será mejor que sea yo mismo quien vaya a la policía.
-          ¿Serías capaz de hacer eso? ¿A tu propio hermano? ¿No te importa lo que podrían hacerme?-Julio no cabía en su asombro-.




Y entrando Isabel en escena, sobresaltó a Julio.
-          Padre, ¿va todo bien? Tardaba mucho y pensé que estaría en apuros.
-          ¿Lo ves, Julio?-dijo Fausto-. Somos una piña… ¿Puedes decir eso de tu familia?
-         
-          Será mejor que no digas nada… Hasta otra, hermano.




Estaba hablando Fausto cuando se levantó bastante despacio Pocholo que llegó a escuchar esas palabras del hermano de su jefe.
-          ¿Hermano? Usted me dijo que era hijo único y que sus padres le dieron en adopción a una familia rica y que por eso vive aquí…
-          ¿Hijo único, Julio? ¿En serio? Menos mal que papá y mamá están muertos, porque si hubieran escuchado esto, los habrías matado del disgusto. ¡Vámonos Isabel!




Y dándose media vuelta, Fausto se encaminó hacia la puerta. Julio estaba muy cabreado, ya que nadie desde su niñez le había hablado de aquella forma. ¡Él era Don Julio Jodres! Un empresario de éxito con una vida ejemplar y nadie iba a destrozar su vida de un plumazo. Mirando rápidamente a Pocholo, le guiñó un ojo y los dos se entendieron perfectamente.




Rita, que observaba la escena, puso mala cara. No le gustaba un pelo lo que estaba viendo, así que mirando a Isabel supo que algo no iba bien.
-          Cuidado chica,-avisó Rita a Isabel-.




Julio se abalanzó contra su hermano por la espalda, pero Fausto tenía más fuerza física y se lo quitó fácilmente de encima. Al ver la pelea, Isabel fue en ayuda de su padre, pero se encontró con que Pocholo le cortó el paso y, sin tiempo a reaccionar, le pegó varios puñetazos en la cara, cayendo semiinconsciente al suelo.
-          ¡Pocholo, ayúdame!




Rita se echó al suelo para ayudar a la pobre muchacha.
-          ¡Eres un hijo de puta, Pocholo! Venga nena,-decía Rita con dulzura-, no te duermas, vamos…




Y entre Pocholo y Julio, pudieron parar a Fausto que intentaba zafarse de ellos sin éxito.
-          ¿Lo ves, hermanito?-decía Julio con una amplia sonrisa en la cara-. Nosotros también somos una piña.
-          ¿Y mi hija? ¿Qué vais a hacerle?
-          Eso es sorpresa, querido Fausto.
-          ¡Soltadme cabrones!
-          Dulces sueños…




Sacando un arma, Julio le pegó en la nuca con la culata de la pistola, haciendo caer inconsciente a Fausto. A espaldas de todo aquello, Rita intentaba levantar a Isabel, que comenzaba a reaccionar poco a poco…




Rita no sabía hacia dónde ir ni lo que hacer ante esa situación, sólo pensaba en salir de allí con aquella chica lo más rápido que podía.




Después de pegarle un par de patadas en el estómago a su hermano, ya inconsciente en el suelo, se dio la vuelta y no vio por ningún lado a Rita ni a Isabel.
-          ¡Joder! ¡Rita! No seas imbécil y ven aquí ahora mismo. ¡RITA!
-          ¿Dónde está la negra?-quiso saber Pocholo-.
-          Creo que se la ha llevado mi mujer…
-          No, no, no…




Pocholo salió por la puerta de atrás y recorrió con su mirada cada lugar que se veía desde allí, pero no encontró rastro de ninguna de las mujeres.




Isabel había despertado y viendo unas rocas al principio del campo de golf, las señaló y ambas mujeres se dirigieron allí para esconderse. Después de escuchar un fuerte grito de Pocholo diciendo “te encontraré hija de la gran puta”, permanecieron ocultas unos minutos más. Rita miraba a aquella muchacha que se recuperaba de los fuertes golpes.
-          ¿Estás bien?
-          Sí, un poco dolorida pero bien…




Isabel miraba con agradecimiento a Rita y, sin pensárselo dos veces, la abrazó con fuerza.
-          Gracias por salvarme de las manos de Pocholo.
-          Es un cerdo. Lo odio. Desde que lo vi por primera vez no me dio buena espina. Un día lo pillé espiándome mientras me duchaba y cuando abrí la puerta estaba con su polla fuera… Llamé a mi marido y encima los dos se carcajearon de mí mientras bajaban las escaleras comentando las buenas tetas que tenía. No sabes lo mal que me sentí en ese momento…
-          Me hago una idea. Pocholo no dejaba de tocarme ni de acariciarme diciéndome que me quería reservar para un momento especial. Como se creía que no lo entendía, decía de todo delante de mí.
-          ¿Fue tu padre quién te enseñó nuestro idioma?
-          Sí… ¡Dios mío! ¡Mi padre! ¿Dónde está?
-          Lo tienen Pocholo y Julio.
-          ¡Tengo que ir a por ellos!
-          ¿Y que te secuestren a ti también? Tú sola no puedes…
-          ¿Y quién nos puede ayudar?
-          Voy a llamar a Walter. Él sabrá qué hacer…
-          ¿Quién es?
-          Mi amante…




En pleno distrito empresarial, se erigía el edificio más grande de la ciudad que pertenecía, cómo no, a Julio. Desde allí manejaba la economía de “su empresa maderera”. Metiendo a Fausto en el maletero del coche, Pocholo y Julio fueron directamente al garaje privado que había bajo el edificio.




Bajando en el ascensor a una planta restringida a la que se accedía con una llave que únicamente tenía Julio, Fausto miraba mortalmente serio a su hermano, quien seguía portando la pistola en la mano.




Saliendo de dicho ascensor, Julio le pegó un empujón a Fausto al compás de un “¡camina!” que provocaba las risas de Pocholo.




Metiendo a Fausto en un antiguo cuarto de limpieza que estaba en desuso, lo encerraron…
-          Bienvenido a la ciudad Fausto. Espero que te gusten las vistas del monte Golipud… Jajajajaja. Vámonos Pocholo, te invito a comer. ¿Te apetece ir al “Palace”? Conozco a alguien que nos hará un hueco en el restaurante…




CONTINUARÁ…