miércoles, 3 de junio de 2020

Capítulo 23 || The Mirror

 Marta se reunió con Hugo en la ciudad, pero en lugar de ir a la casa de ella, se subieron a un autobús que les dejó en un paraje precioso, rodeado de mar y con playas de arena blanca. Por el camino, Marta le contó que había hablado con sus padres y, para compensar todo lo que estaba pasando Hugo, le habían dicho que se podían ir a una casa que tenían en la playa para desconectar, disfrutar del verano y estar más a su aire.


 Al llegar allí, Hugo volvió a abrazar a Marta.
- No sabes lo que te agradezco que me hayas ayudado en todo esto. Sé que no estoy actuando como se esperaría de mí, pero no quiero cumplir las expectativas de nadie, sino las mías propias.
- Cielo, nadie te va a pedir nada que no puedas hacer. Entiendo tu punto de vista, has pasado por mucho y no es fácil sobrellevar todo esto que estás viviendo. Por eso, ahora más que nunca estoy contigo, porque te quiero y no me gusta verte mal.
- Oh Marta, no sé lo que haría si no estuvieras conmigo…


 Viendo un bar que había por allí, decidieron entrar y refrescarse un poco, ya que en ese lugar se notaba que el calor apretaba mucho más que en la ciudad y ellos habían ido con demasiada ropa puesta.


 Sentándose en la barra, una muchacha los atendió amablemente.
- Muy buenas, ¿sois nuevos por aquí?
- Eh, sí, más o menos,-contestó Marta-.
- Me lo imaginaba, porque si no no habríais venido vestidos de esa forma.
- ¿Tanto se nota?
- Despintáis más que un calcetín rojo en una lavadora de ropa blanca. Pero bueno, ¿queréis tomar algo?
- Una cerveza,-respondió Marta-.


 Sirviéndole la cerveza, Marta dio un buen primer trago.
- Oh, qué fresquita y buena está. ¿Tú no tomas nada Hugo?
- Es que no he probado nunca la cerveza.
- ¿Cómo? ¡Otra cerveza por aquí!


 En cuanto Hugo dio el primer trago, comenzó a quejarse de lo mala que estaba.
- Pero por Dios, ¿cómo te puede gustar esto? Si está asqueroso, Marta.
- Jajajaja, a mí me pasó lo mismo Hugo. Yo casi vomito la primera vez y mírame ahora, me las bebo dobladas.
- No sé si me llegaré a acostumbrar a esto…


 Tras tomarse la cerveza, Marta y Hugo se despidieron de la muchacha y se fueron hacia la casa de Marta, donde de pequeña veraneaba con sus padres más a menudo que ahora.
- ¿Esto es vuestro?-preguntó Hugo-.
- Sí, lo que pasa es que normalmente la tenemos alquilada para ganar algo de dinerillo extra.
- Es una pasada el sitio…


 Cuando entraron, Marta sonrió nostálgica al recibir un montón de recuerdos a su memoria mientras que Hugo seguía flipando.
- Qué guay está la casa, Marta. Yo creo que voy a pasar del internado y me quedo a vivir aquí para siempre.
- Ah bien, ¿y qué vas a hacer para ganarte la vida?
- Pescar, como hacían antiguamente.
- Jajaja, ya claro.


 Sintiendo cómo el sudor se les estaba pegando por todas partes, decidieron cambiarse de ropa y colocarse los bañadores para estar más fresquitos después de darse una ducha. Completamente agradecido, Hugo comenzó a besar a Marta sin parar apenas para respirar.


 Mirando el reloj, se dieron cuenta de que era casi la hora del almuerzo, por lo que Hugo decidió preparar una ensalada fresquita para comer.
- ¿Necesitas que te eche una mano, Hugo?
- No cielo, es una ensalada, no un bistec con salsa de almendras dorado a 180º con patatas a lo pobre.
- Jajaja, vale, yo me salgo al porche un rato.


 Saliendo fuera, Marta contempló las vistas que había desde allí y respiró hondo, llenando sus pulmones de ese aroma salado a mar que llevaba tanto tiempo sin oler. Ya no recordaba la última vez que había ido allí con sus padres y su hermano, pero lo importante es que ahora estaba allí con Hugo y crearía nuevos recuerdos en esas cuatro paredes.


 Entrando de nuevo, Marta vio cómo Hugo se quejaba.
- Me cago en la puta, qué dolor.
- ¿Qué te ha pasado?
- Nada, que me he cortado con el puto cuchillo.
- ¿Te ayudo?
- No, esto ya se ha convertido en un reto personal.
- Jajaja vale Arguiñano, te dejo a lo tuyo.


 Marta se quedó embobada mirando a Hugo mientras que éste terminaba de preparar la ensalada sin ser consciente de la penetrante mirada que le estaba echando su novia. Marta todavía no podía creer cómo nadie había sido capaz de ver y conocer a Hugo como realmente era, ya que su novio era uno de los seres humanos más maravillosos con los que se había encontrado Marta a lo largo de su vida.


 En cuanto Hugo terminó de preparar la comida, sirvió la ensalada en un par de cuencos y se pusieron a comer tranquilamente.
- Oye, pues está muy buena. Te ha quedado genial.
- Ay gracias. Me he acordado de cómo la hacía mi madre y he intentado seguir los pasos que ella hacía cuando la observaba cocinar.
- Pues está buenísima Hugo.


 Justo después de comer y antes de comenzar a hacer la digestión, Marta invitó a Hugo a darse un chapuzón y relajarse en el mar, tomar el sol y disfrutar de ese sitio tan maravilloso.


 Entrando rápidamente en el agua, Marta miró a Hugo, quien permanecía en la orilla.
- ¿Qué haces que no te metes?
- Estoy viendo si el agua está buena.
- Hugo, no me seas abuelo y métete. Aquí el agua siempre está a buena temperatura.


 Haciéndole caso, Hugo se metió en el agua y confirmó lo que le había dicho Marta.
- Cierto, está buenísima.
- ¿Ves? Te lo dije,-dijo Marta justo cuando escuchó una voz-. Hugo, ¿has oído eso?
- ¿El qué?-preguntó sin saber a qué se refería Marta-.
- ¿Hola?-se escuchó una voz en la orilla-.
- Ya voy yo,-dijo Marta saliendo del agua-.


 Saliendo rápidamente, Marta subió las escaleras que daban al porche delantero de la casa y vio a dos personas de espaldas a ella.
- Hola, ¿qué desean?-preguntó Marta-.


 Pero, dándose la vuelta uno de ellos, Marta se quedó boquiabierta.
- Pero… ¡Abraham! ¿Qué haces aquí?
- Vivimos en la casa de al lado, Marta. ¿Qué haces tú aquí?
- Vivo aquí, bueno, esta casa es de mis padres y veraneamos aquí.
- Ah, qué guay. Qué coincidencia.


 Sin poderlo evitar, ambos se abrazaron contentos de volver a verse después de tan poco tiempo.
- ¿Y qué te trae por aquí?
- Pues Hugo.
- ¿Hugo? ¿Está aquí?
- Sí, he venido con él.
- Ah vale, es que como has dicho que esto es de tus padres creí que habrías venido con ellos.


 Llegando Diana en ese momento, le dio una palmada en el culo a Marta.
- Muy buenas Martita.
- Ey Diana. ¿Cómo habéis sabido que estábamos aquí?
- En este sitio las noticias vuelan y la muchacha del bar es amiga mía así que… Os he traído algo para daros la bienvenida.
- Ay, no hacía falta.
- Nada mujer, es una tontería de nada. ¿Dónde lo puedo dejar?
- Venid, entrad en la casa y así la veis también.


 Saliendo del agua, Hugo se dirigió hacia la casa y saludó a la mujer que acompañaba a sus profesores.
- Buenas tardes,-saludó Hugo-.
- Hola joven. Soy Clotilda, la madre de Diana.
- Yo Hugo, encantado.


 Abriendo la puerta, Marta fue la primera en entrar, seguida de Abraham y Diana.
- Diana, ¿son todos tus alumnos así de guapos?-preguntó Clotilda-.
- Sí, más o menos.
- Pues qué suerte. Quién tuviera algunos años menos…


 Pasando al interior, Diana y Hugo se abrazaron también.
- ¿Cómo estás Hugo?
- Bien, bien.
- ¿Estás seguro? Te noto algo tristón.
- Bueno, es que no está siendo un buen momento para mí y… es duro.


 Marta comenzó a charlar con Clotilda dándose cuenta, desde el primer momento, de que físicamente Diana se parecía a ella, pero no era para nada igual de simpática que su hija.
- ¿Y qué os ha traído por aquí?-preguntó Clotilda-.
- Pues vacaciones, desconectar un poco de la rutina y eso.
- ¿Sin vuestros padres? ¿No sois muy jóvenes para estar los dos solos?


 En el interior, Abraham se había unido a la conversación.
- ¿De qué estáis hablando?-preguntó el recién incorporado-.
- ¿No notas a Hugo un poco más decaído, Abraham?
- Pues… Sí, ahora que lo dices sí. ¿Qué te pasa?
- Mi vuelta a casa no ha sido como la esperaba y… No sé, es todo muy confuso.


 Entrando Marta en casa, resopló un momento antes de dirigirse a Diana.
- Oye Diana, ¿tu madre no es un poco…?
- La palabra es pesada,-contestó Abraham-.
- A mi madre hay que echarle de comer aparte, así que no le hagas mucho caso.
- ¿Ha empezado a interrogarte y a dirigir tu vida ya o se ha esperado un poco más?-le preguntó Abraham a Marta-.
- El interrogatorio me lo ha hecho, sí.
- Lo sabía, es que tu madre no lo puede evitar, Diana.


 Riéndose, Diana contestó.
- Es mi madre, ¿qué le hago? Suficiente tengo yo con sufrirla cada día.
- Pudiendo irse a una casa que tiene “en tierra firme” como ella misma dice,-comentó Abraham-. No sé por qué no se va y nos deja tranquilos de una vez.
- Porque ya sabes que esa casa le trae recuerdos de mi padre cuando vivía.
- No cariño, si no se va allí es porque quiere manejar el cotarro como ha hecho siempre.


 Negando con la cabeza, Diana miró a Hugo y se dirigió a él.
- Bueno Hugo, ¿qué te ha pasado? Así cambiamos de tema…
- Pues lo que pasa es que llegué a casa y mi cuarto ha desaparecido. Mi madre y su marido lo han remodelado y convertido en un despacho precioso para ella. Cuando he querido hablar con ella no me dejó y comenzó a gritarme.
- Vaya, lo siento mucho Hugo…-dijo Diana-.
- La cosa es que me he fugado de casa y me fui con Marta a la suya, pero mi padre me llamó y me dijo que me quedara a vivir con él, que había hablado con mi madre y que ya no tendría que huir ni meterme en ningún internado. Le intenté explicar que me gusta ese sitio, pero tampoco me quiso escuchar.
- Y te volviste a escapar,-dijo Abraham-.


 El ambiente se había vuelto más serio al contar Hugo lo que le había pasado.
- Exacto,-contestó Marta interviniendo en la conversación-. Por eso mis padres me dijeron de podíamos venirnos aquí y estar más a nuestro aire. Que ahora lo que necesita Hugo es espacio y sentirse libre.
- Pero es que…-comenzó a decir Diana sin estar convencida del todo-. Hugo, te comprendo y sé por lo que estás pasando. Yo también me escapé cuando era una cría, pero huir no es la solución, te lo digo yo.
- Lo sé, pero no podía estar más encerrado en cuatro paredes donde nadie me entiende, o no me quieren entender ni tampoco escuchar.
- El problema es que todavía eres menor y no puedes irte de casa… Te vas a buscar un problema Hugo…


CONTINUARÁ…

lunes, 1 de junio de 2020

Capítulo 22 || The Mirror

 Habían pasado tres días desde que Hugo se fuera de casa y su madre estaba de los nervios. No sabía a quién preguntar, a dónde ir que no hubiera ido ya y se sentía completamente impotente en casa, ya que su hijo tampoco le contestaba las llamadas. ¿Se había escapado o le había pasado algo peor?
- Merche, tu hijo está bien. Se ha escapado como hacen muchos adolescentes, seguro que en unos días volverá.
- No quiero que vuelva en unos días. Quiero que vuelva hoy. ¿Y si se ha ido con su padre?
- ¿Con ese desgraciado? ¿Cuánto tiempo hace que no ve o se preocupa por su hijo? ¿Lo va a aceptar ahora en su casa? No me hagas reír.


 Pero Mercedes, desesperada ya, era capaz de creer cualquier cosa.
- No lo sé, Fede. Yo ahora mismo me creo cualquier cosa que me digan.
- Pues créeme cuando te digo que tu hijo está en perfectas condiciones. ¡No te preocupes!
- ¡Pero es que es mi hijo, no el tuyo!-le gritó Mercedes dejando en completo silencio a Fede-. Perdóname cariño, estoy muy nerviosa.
- No pasa nada cielo. Sé que son momentos duros, yo también lo estoy pasando mal… He criado a ese niño como si fuera mi hijo y veo cómo nos lo paga… De la forma que te está tratando…


 Mercedes, como si no estuviera escuchando a su marido, le cortó para volver a hablar de nuevo.
- Voy a llamar a Ricardo.
- Cariño, no,-aconsejó Fede-.
- No. Voy a llamarlo y le voy a decir que venga para contarle todo.
- ¡Ese no va a pisar la casa! ¡Lo tiene prohibido!
- ¡Es MI casa, Fede! Y es el padre de Hugo… nos guste o no.
- Tú sabrás Merche…


 Sacando su teléfono, Mercedes buscó el contacto de su ex-marido y lo llamó esperando impaciente a que cogiera el teléfono y, justo cuando creía que no contestaría, Ricardo descolgó el teléfono.
- ¿Diga?
- Ricardo, soy Mercedes.
- Pero qué oyen mis oídos… ¿Estoy… estoy soñando?
- No Ricardo, necesito que vengas aquí urgentemente.
- ¿Dónde? ¿A tu casa? ¿Y que me denuncies por haberme saltado la prohibición de acercarme? Ni hablar. Dile a ese muñeco Ken que tienes por marido que puede estar tranquilo.
- ¡Es Hugo, joder!-gritó desesperada echándose a llorar-.


 En cuanto Ricardo escuchó a su ex-mujer hablarle así, su tono cambió radicalmente y en menos de 20 minutos ya se había plantado en la puerta. Tantos años después y allí estaba de nuevo… A Ricardo le parecía mentira y cruzaba los dedos para que no fuera ninguna treta orquestada por ellos.


 Fede fue quien abrió la puerta y dejó pasar a Ricardo.
- Hombre guaperas. Veo que te has cortado el pelo…
- Sí, ya vamos teniendo una edad, y hay que cuidarse. Mira, igual tú deberías hacerlo un poco más ¿cierto?
- Oye, ¿eso que tienes ahí en la barba es una cana?
- ¿Una cana? ¿Dónde?


 Riéndose de Fede en su propia cara, Ricardo pasó y contempló el cambio que había dado su antigua casa desde que se marchase de allí.
- Veo que le habéis dado un lavado de cara a la casa.
- Sí, la verdad es que le hacía falta. No sé quién fue el que tuvo tan mal gusto pero bueno…
- Pues a mí no me lo cuentes, eso díselo a tu mujercita, que fue la que lo decoró. Y hablando del rey de Roma, ¿dónde está?
- En el salón.


 Pasando al salón, Fede dejó a Ricardo a solas con Mercedes a regañadientes, ya que no le hacía ni una pizca de gracia, pero ella se había empeñado y no tenía ganas de discutir.
- Hola Mercedes… Cuánto tiempo. Estás muy guapa.
- Vaya Ricardo… Muchas gracias. Veo que has adelgazado desde la última vez que nos vimos.
- He empezado a cuidarme un poco, porque desde que volví de mi viaje por Nueva York… Negocios, no placer, pero allí se come fatal. ¿Y el niño? ¿Está por aquí? Tengo ganas de verlo.
- Bueno, por eso te he llamado… No está.
- ¿Cómo que no está?-quiso saber Ricardo que, con esta pregunta, le dejó claro a Mercedes que Hugo no estaba con él-.
- Es que… Para que entiendas todo tengo que remontarme al año pasado.
- Coño, ¿tanto?
- Sí…
- Bueno, pues adelante.


 Suspirando, Mercedes procedió a contarle todo a Ricardo.
- A ver… Te lo voy a intentar resumir porque no es nada fácil… El año pasado Hugo comenzó a bajar sus notas y sus profesores me lo dijeron, yo le decía que estudiara pero él parecía estar en otro mundo y justamente cuando me fui con Fede de viaje para celebrar nuestro aniversario, a los pocos días me llama el director diciéndome que se había metido en una pelea con otros tres compañeros y que a todos los habían expulsado del centro.
- ¿Expulsado?
- Sí, y entonces Fede me dijo…-continuó relatando Mercedes-.
- Cómo no, tenía que aparecer el muñeco en la conversación…
- Pues Fede me dijo que Hugo se había desmadrado y que había que tener mano dura con él y decidimos mandarle a un internado este curso.
- A un internado… Entiendo.
- Cuando se lo dijimos, Hugo puso el grito en el cielo y no nos habló hasta que se fue y ni siquiera se despidió de nosotros. Eso… me dolió mucho a mí y no paraba de llorar cada día arrepentida por lo que había hecho.
- Pero… Porque después de esa frase tiene que ir un pero.
- Sí… Pero Fede me ayudó a superar ese dolor y juntos decidimos reformar partes de la casa y cambiamos la habitación del niño por un despacho. En resumidas cuentas, cuando volvió a casa hace unos días vinieron a mi memoria todos esos sentimientos y lo mal que me lo hizo pasar y… lo que me salió decirle fue que era igual que tú.
- O sea, que ahora decirle a Hugo que se parece a mí es un insulto… Genial. ¿Y qué pasó? Al grano Mercedes, ¿dónde coño está Hugo?
- ¡No lo sé! Es la cosa, que me dijo que había quedado y de eso hace ya tres días y no lo encuentro por ninguna parte. Por eso ha sido llamarte a ti…
- A ver si lo he entendido bien, porque es mucha información en muy poco tiempo… Expulsan del instituto a Hugo, lo mandas a un internado, le quitas su habitación y luego no le diriges la palabra, después desaparece, ¿y el último en enterarse soy yo?


 Ricardo se levantó del sofá bastante cabreado y respirando agitadamente intentando calmarse a sí mismo. Una parte de él quería reprochárselo todo, pero la otra parte le decía que Mercedes estaba teniendo suficiente como para echarle más leña encima.
- Mercedes…-dijo Ricardo suspirando-. Yo no sé dónde está Hugo, pero te prometo que haré mis averiguaciones. Me he vuelto a instalar en el barrio ahora que he vuelto de Nueva York, ¿sabes? Tengo ahora mismo un largo periodo…-comenzó a decir justo cuando se paró-. Bueno, digamos que mi regreso es permanente aquí.
- Oh, me alegro.
- Gracias… Como te he dicho, buscaré al niño y te avisaré con cualquier novedad pero, también te digo que, si lo encuentro, lo que queda de verano Hugo se quedará conmigo COMO MÍNIMO. Creo que… le vendrá bien cambiar de aires. ¡Ah! Y… gracias por avisarme.


 En cuanto volvió su cara para mirar al frente se encontró con Fede, quien había estado oyendo toda la conversación escondido desde la entrada.
- Anda, pero mira a quién tenemos aquí,-dijo Ricardo-, si es el espía frustrado…
- Qué huevos tienes, Ricardo.
- Muy bonitos y bien puestos, gracias.
- Decirle eso a Merche, sabiendo que está hundida por la desaparición de su hijo.
- NUESTRO hijo, que no se te olvide chaval. Mira muñeco, te voy a decir las cosas muy claras y contigo no me voy a callar porque no te trago desde el primer día que entraste por esa puerta: no seré el padre del año, he fallado como tal con mi hijo y no he estado con él cuando debería, no puedo negar las evidencias. Pero también te digo que le quiero como el que más, mucho más de lo que tú querrás a nadie en tu puta vida.
- ¿Y tú qué sabrás de querer? No supiste aguantar al lado de Merche cuando era tu mujer, tampoco la de la furcia con la que la engañabas, ni has sabido cuidar a tu hijo cuando tuviste la oportunidad… ¿Y te permites el lujo de darme lecciones de querer? ¿Tú? Que a tus… ¿qué años tienes? ¿48? ¿50?, estás solo porque nadie te soporta, ni tú mismo. Así que hazle un favor a la humanidad y piérdete.


 Acercándose más a Fede, Ricardo lo miró directamente a los ojos.
- ¿Me vas a pegar?-preguntó Fede-. Adelante, sé que lo estás deseando.
- No muñeco, no te voy a pegar aunque me muera de ganas por hacerlo. Y si me permites, te diré algo…
- Uh, de un sabio hombre ilustrado como tú lo que sea.
- Sé de qué pie cojeas y veo tu mano negra detrás de todo esto.
- ¿Mi mano negra? ¿De qué cojones estás hablando?
- Bien jugado esta vez, pero no te saldrás con la tuya. Te lo prometo Frodo.
- Me llamo Fede. Ahora largo de aquí.


 Sonriendo, Ricardo pasó junto a Fede y se despidió de él en un tono bastante animado.
- Hasta pronto, Federico…


 Al llegar a la casa, Ricardo comenzó llamando a su hijo quien, sorprendentemente, le contestó casi al instante.
- Hola hijo.
- ¿Papá?
- Sí, el único que tienes. ¿Esperabas a otra persona?
- No, no. Es que… Papá, llevo meses sin saber nada de ti.
- Lo sé, te lo explicaré todo, te lo prometo. ¿Por qué no te vienes a mi casa y charlamos? He vuelto al barrio y estoy prácticamente estrenando este sitio.
- Va… vale.
- Estupendo. ¿Esta tarde?


 En cuanto Ricardo cortó la llamada con su hijo, seguidamente llamó a Mercedes para contarle que había contactado con él y que lo había escuchado bien. No quiso decirle nada al muchacho de que había hablado con su madre por no levantar sospechas hasta tenerlo cara a cara esa tarde. Respirando más tranquila, Mercedes se relajó y un par de horas después, Hugo se presentó en casa de su padre tal y como habían quedado por teléfono.


 Abriendo la puerta, Ricardo se sorprendió al ver a su hijo tan mayor.
- Pero bueno… ¡Qué grande y guapo estás! Pasa hijo. Te he echado mucho de menos.


 Y sin pensarlo, Ricardo abrazó a Hugo, quien respondió al abrazo con las mismas ganas que él.


 Haciéndolo pasar, Ricardo comenzó a hablar de temas menos importantes para romper el hielo.
- ¿Qué te parece la casa?
- Está guay.
- Muchas gracias. Como te he dicho por teléfono, he vuelto aquí y esta vez es para siempre.
- ¿Lo dices en serio?
- Sí, pasemos al comedor y charlemos.


 Sentándose uno frente al otro, ambos comenzaron a hablar.
- Resulta que el año pasado contactó conmigo una empresa de viajes internacionales porque estaba interesada en el negocio familiar. Ya sabes que con el tiempo ha ido creciendo y adquiriendo cierta fama, así que me dijeron de reunirnos en la sede principal: Nueva York.
- ¿Has tenido que ir hasta allí?
- Sí Hugo, y no sabes la que me dio al mirar abajo desde el piso 84 del edificio donde me subí. Casi me da un patatús. En resumidas cuentas, esta empresa nos ha absorbido y ahora no me tengo que encargar de absolutamente nada. Tengo personas a mi cargo que me darán informes detallados semanalmente, pero yo ya puedo decir con total tranquilidad que estoy jubilado, por así decirlo.
- ¿Y no tendrás que viajar más?
- Jamás. Bueno, tal vez una vez al año pero, ¿qué son un par de días al año si tenemos 363 restantes para disfrutar de la compañía del otro?


 Hugo se alegraba mucho por su padre, pero no se terminaba de creer del todo que su padre fuera a quedarse en casa.
- ¿Y tú qué tal Hugo? ¿Cómo te va todo?
- Puf pues… Buena pregunta papá. No tengo ni idea.
- Bueno, pues cuéntale a tu padre lo que te pasa y a ver si su experiencia te puede servir de algo.
- Es que, para que todo tenga sentido te tengo que empezar a contar desde el año pasado.
- Coño, acabo de tener un “déjà vu”. Parece que esto lo hubiera vivido antes… Bueno, sigue hijo, perdona.
- Para que no se haga muy largo y pesado… En el instituto, Fernando Molina comenzó a pegarme y a darme palizas sin parar, a reírse de mí y a hacerme la vida imposible. Mis notas comenzaron a bajar y un día que me estaba pegando, vino mi hermana para defenderme y la pegó a ella. Entonces reaccioné y le zurré a él. Total, que nos echaron a todos del instituto.
- ¿A tu hermana también?
- No, a ella la castigó mamá durante una larga temporada y a mí se encargó de desterrarme a un internado. Lo que mamá no sabía, ni sabe porque no me ha dejado decírselo, era que ha sido lo mejor que me ha podido pasar en la vida.


 Comenzando a sonreír, Ricardo miró a su hijo con incredulidad.
- ¿Estás de coña? ¿Después de todo lo que me has contado?
- Sí y después de muchas más cosas que han pasado allí que no vienen a cuento, pero papá, en serio. Ese sitio es genial y la gente que he encontrado allí… Espectacular. Pero ahora mamá no me dirige la palabra, me ha quitado el cuarto y lo ha convertido en un despacho…
- Vaya, que te sientes echado de tu propia casa. Más o menos como yo cuando me divorcié de tu madre…
- Pues… sí.


 Poniéndose más serio, Ricardo continuó hablando.
- Entonces eso se va a acabar porque a partir de ahora en adelante vivirás conmigo. No pienso consentir que nadie te haga sentir inferior, ni que te traten como lo están haciendo.
- Papá, no puedo… Mamá…
- Mamá sabe todo lo que te estoy diciendo,-intervino Ricardo interrumpiendo a su hijo-. He hablado con ella y estoy al tanto de todo. Y tengo que decirte que te entiendo, por eso no te voy a atosigar a preguntas sobre dónde has estado estos días. Soy el primero que entiende por lo que estás pasando, créeme. Y ahora que vas a vivir conmigo van a cambiar muchas cosas: se acabó eso de tenerte encerrado como a un preso en un internado en el que te metió el imbécil de Fede, no tu madre. Ese tío es quien está detrás de todo esto. Y te prometo que conmigo nadie te va a arrancar del lugar al que perteneces, hijo. Voy a luchar por ti siempre, ¿me oyes? Siempre.


 Levantándose, Ricardo condujo a su hijo hasta la que sería su habitación a partir de ahora.
- Como ves, he pensado en todo. Tienes tu cama, un ordenador y ropa guardada en los cajones. Tu madre ha sido quien la ha traído en persona aquí.
- Papá, esto está muy bien, pero yo no puedo quedarme.
- ¿Prefieres quedarte con tu madre y el estúpido maniquí que te ha tratado siempre como un estorbo?
- No, para nada, pero…
- Entonces no se hable más. Voy a preparar la cena.


 Cerrando la puerta, Ricardo dejó a solas a su hijo, quien llamó a Marta para contarle lo sucedido.
- Hola cariño, ¿qué tal con tu padre?
- Bien pero… Es todo muy raro.
- ¿Qué ha pasado?
- Básicamente me ha obligado a vivir con él y me ha dicho que a partir de ahora no tendré que ir más al internado. Que incluso ha hablado con mi madre y que ésta le ha traído mi ropa personalmente… Estoy flipando, te lo juro.
- ¿Y le has dicho a tu padre que tú quieres ir al internado?
- ¡Claro! A ver, se lo quería decir pero es que no me ha dejado hablar. Otro como mi madre… Si es que por algo se casaron una vez…


 Quedándose en silencio, Hugo comenzó a pensar algo.
- ¿Hugo? ¿Estás ahí?
- Sí, sí. Es que se me ha ocurrido una idea…
- No me gusta cómo está sonando eso. Hugo, hazme caso y habla con tu padre. Explícale todo y seguro que te entiende.
- No Marta. Estoy cansado de que todo el mundo me maneje a su antojo. Desde pequeño fui el arma arrojadiza de mis padres para echarse mierda entre ellos y ahora igual. ¿Y yo qué? ¿Nadie piensa en mí?
- Claro que sí, no digas eso. Yo pienso en ti y quiero lo mejor para ti.
- Por eso esta misma noche estaré contigo de nuevo.


 Tras cenar y ver un rato la televisión, Ricardo dijo que estaba cansado y que quería irse a la cama. Tras darse las buenas noches, Hugo se metió en su habitación mientras que su padre se aseaba en el baño. En cuanto escuchó la puerta del servicio, Hugo salió despacio del cuarto y vio a su padre encaminarse al dormitorio.


 Yendo hasta la puerta principal, Hugo se dio cuenta de que la llave estaba echada y no sabía dónde guardaba su padre las llaves. ¡Mierda!


 Hugo comenzó a recorrer la casa guardando el mayor silencio posible. Descubriendo que había una puerta que daba al jardín trasero, intentó abrirla sin suerte. Cada vez quedaban menos habitaciones por investigar y las opciones se le agotaban.


 Pero finalmente, la puerta de la cocina estaba abierta. ¡Bingo! Ahora podía irse de allí para comenzar a vivir la vida que él realmente quería y no la que sus padres le imponían sin escucharle a él en ningún momento.


 Hugo miró a su padre desde el exterior convencido de que las intenciones de su padre eran muy buenas, pero tanto él como su madre se preocupaban tanto por el control de todo, que se olvidaban que él, Hugo Solanas, era un muchacho de casi 18 años, a falta de unos tres meses para cumplirlos, y al que nadie le había preguntado en ningún momento. La decisión de abandonar a su familia era dura, pero no veía más opción que aquella para ser feliz…


CONTINUARÁ…