lunes, 2 de julio de 2018

The Jungle || Capítulo 4


Para saber cómo llegó Fausto allí y cómo pudo sobrevivir hay que remontarse 40 años atrás. El jet en el que viajaban María, Lorenzo y Fausto sufrió un repentino fallo en el motor izquierdo y, poco después, falló el motor derecho debido a una sobrecarga por culpa de unas turbulencias. El avión se precipitaba sobre el mar cuando la familia se colocó unos paracaídas. Lamentablemente, el piloto había muerto y no se podía hacer nada por él. Así que, sin pensárselo, los 3 saltaron del avión que chocó contra el océano Atlántico, yéndose hasta el fondo del mar. La familia fue bajando lentamente y, a lo lejos, divisaron una isla. Planeando, consiguieron llegar hasta la orilla, con la mala suerte de que Lorenzo cayó mal y se rompió su pierna izquierda.


Pasados dos días después del accidente, María había construido una pequeña choza en la que cobijarse junto con su familia, pero cada día le costaba más hacer todo ella sola, ya que la pierna de Lorenzo no mejoraba.



Lorenzo se sentía impotente al no poder ayudar a su familia, pero la pierna le dolía horrores y cada vez sufría más. La rotura le provocaba cada día más temblores y que la fiebre le subiera…




Fausto, sin poder hacer mucho, cuidaba a su padre cuando su madre iba a pescar, a buscar fruta o cocos de los que beber. Tampoco se atrevía a adentrarse mucho ella sola en la jungla, ya que no sabía lo que podía encontrarse.
-          ¿Cómo estás papá?
-          Mejor, pero no te preocupes campeón, que en muy poco tiempo me verás dando saltos.
-          ¡Ya he puesto los troncos!-gritaba María acercándose a lo lejos-. Si pasa alguien cerca de aquí, podrá vernos.




Ese lugar estaba bastante apartado y en tan pocos días no había escuchado ni visto aviones ni barcos, por lo que pensaron que una buena solución era colocar un mensaje de socorro para llamar la atención de posibles personas que pasaran cerca.




Pero lo que ellos no sabían era que alguien los vigilaba desde hacía tiempo a lo lejos…




Sentándose, María descansaba del duro día hablando con su marido.
-          No puedo más, cariño. Esto es muy duro para mí.
-          Siento estar así con la pierna, cielo. Pero cada día me duele más y puedo hacer menos...
-          Colocarte el hueso en su sitio no ha servido de nada, me parece a mí. Ojalá tuviéramos más provisiones, pero lo único que tenemos son un puñado de palmeras, árboles, mar y arena. ¿Por qué nos ocurre esto a nosotros?
-          No lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que no te voy a abandonar. Tenemos aquí a nuestro hijo que, gracias a Dios, sobrevivió al accidente. Es un chico fuerte y saldrá adelante.
-          Saldremos todos, querido. No se te olvide. Somos una familia y todos permanecemos unidos. Si al menos supieran que estamos vivos… Pobre Julio. ¿Qué le habrán dicho?




Adentrándose en la jungla, aquel hombre llegó a su poblado donde lo esperaba su familia.
-          Acabo de volver de espiar a esa gente.
-          ¿Y bien?
-          Siguen siendo tres personas. El hombre parece malherido y las otras dos pueden ser su mujer e hijo. No creo que sea mala gente, pero nunca se sabe.
-          ¿Crees que puedan venir más, Liondo?




Aquel joven y apuesto hombre no era otro que Liondo que tenía una situación bastante complicada encima.
-          Que sepamos, llevan aquí dos días y no ha aparecido nadie. De vez en cuando escucho al hombre quejarse de dolor… Synte, siento dentro que esa gente nos va a hacer bien.
-          Eso espero, porque no me gustaría que hicieran nada malo a nuestros hijos.
-          Cariño, tienen a un niño con ellos. No creo que quieran nada malo para su hijo tampoco.




Synte dudaba en lo que hacer, ya que ella no había ido a verlos por tener que quedarse con Endaya y el pequeño Yondo.
-          Está bien, ve a decirles que les ayudamos en lo que haga falta, pero ten cuidado.
-          ¿Y no sería mejor que vinieras conmigo? Al fin y al cabo, la que hace las cosas allí es la mujer y si ve a un hombre sólo, podría asustarse.
-          Tienes razón, pero… ¿dejar solos a los niños?
-          No les pasará nada Synte. Endaya tiene ya 7 años, se puede quedar con su hermano.




La aludida, que escuchaba la conversación desde lejos, se acercó a sus padres.
-          Padre, madre, yo me quedo con Yondo. Si esa gente está en peligro será mejor que les ayudemos.
-          Cariño, vendremos lo más pronto posible,-decía preocupada Synte-.
-          Cuida bien de tu hermano. Volveremos enseguida,-tranquilizaba Liondo-.




Mirándose a los ojos, el matrimonio sonrió y, cogiendo una bocanada de aire, partieron hacia su destino.




Mientras se alejaban, escucharon tras ellos cómo la pequeña Endaya comenzaba a jugar con su hermano Yondo, de apenas un año y medio.




Yondo estaba creciendo feliz junto a sus padres y su hermana. Era un niño muy esperado, ya que Liondo y Synte llevaban mucho tiempo queriendo darle un hermano o hermana a Endaya.




Al ser la hija mayor, Endaya era muy responsable pese a su juventud, ayudaba en las tareas de la casa, ya fuera a su madre o a su padre yendo con él a pescar. Era una niña muy activa y el orgullo de su casa.




Mientras tanto, en la playa, Lorenzo se tumbó en el suelo retorciéndose de dolor. Sentía punzadas en la pierna y lloraba de impotencia.
-          María, creo que no voy a salir de esta…
-          ¡No digas eso! Vas a ponerte bien y a estar conmigo. No puedo vivir sin ti, cariño mío.
-          Tendrás que hacerlo,-dijo temblando-. Eres una mujer fuerte y lo estás demostrando. Ahora sólo soy un lastre para vosotros.
-          ¡No! Eres mi marido y estaré contigo hasta que la muerte nos separe. No te abandonaré jamás. Tu hijo está ahí, te necesita. Tiene que ver a su padre salir de esta. Tienes que vivir su adolescencia, su edad adulta…




María estaba comenzando a emocionarse mientras hablaba con su marido.
-          ¿Y qué vida le vamos a dar? ¿Eh?-se quejaba Lorenzo-. Cariño, estamos solos, y sólo un milagro haría que saliéramos del agujero donde nos encontramos ahora.
-          Venga, no seas pesimista. Tenemos que pensar en positivo, en que vamos a salir de este sitio, que nos reencontraremos con Julio y viviremos felices por siempre.
-          ¿Tú has visto mi pierna? La tengo cada día más negra y en la ciudad ya me la habrían cortado, estoy seguro de ello. Me paso más tiempo desmayado por el dolor que despierto con vosotros… ¡No puedo más!




Estaba hablando todavía Lorenzo cuando Synte y Liondo llegaron al pequeño campamento donde se habían puesto María y los suyos.




Haciendo un pequeño ruido, llamaron la atención de María que, rápidamente, colocó a Fausto tras de sí para protegerlo. Muy asustada, no sabía qué hacer y Lorenzo apenas podía moverse sólo.




María temblaba de miedo. No sabía quiénes eran esas personas y a qué venían. No sabía de dónde habían venido y, ante todo, quería poner a salvo a su hijo.




Adelantándose Synte, sonrió a María y comenzó a hablar en inglés, el idioma que hablaba ella.
-          Hi! Don’t worry, we want to help you.
-          ¿Perdón? No entiendo mucho el inglés.
-          Sorry?
-          I don’t speak English very much.




Haciendo esfuerzos sobrehumanos, Lorenzo se incorporó para ver quiénes eran esas personas que se estaban acercando. Como Lorenzo tenía un alto cargo en su empresa, hablaba inglés a la perfección, por lo que se pudo comunicar sin problema con ellos.
-          Yo hablo inglés. ¿Qué queréis?
-          Sólo venimos a ayudar. Llevamos viéndoos varios días y creemos que necesitáis de nosotros. ¿Qué le pasa?
-          Me rompí la pierna y estoy muy mal.
-          Liondo, mi marido, le mirará la pierna. No se preocupe. No le haremos daño,-dijo Synte haciéndole un gesto a su marido para que se acercara-.




Yendo hacia donde estaba Lorenzo, Liondo examinó la pierna de aquel hombre con mucho cuidado y supo que estaba muy mal.
-          Esta pierna tengo que cortarla.
-          ¡No! No, por favor, aquí no hay anestesia y podría morir de dolor.
-          No sé lo que es eso, señor, pero si quiere vivir tengo que hacerlo.
-          Pero…
-          ¡¿Quiere vivir?!-dijo enérgico Liondo-.
-          Sí.
-          Pues déjeme a mí. He visto muchos huesos rotos en mi vida.




Para tranquilizar a María, Synte intentó hablar con ella para que se relajara. Señalándole a Fausto, le indicó con la mano que tenía 2, una niña y un bebé.




María estaba más tranquila, pero no terminaba de relajarse totalmente y no soltaba a Fausto de su mano.




Levantándose, Liondo habló con su mujer.
-          ¿Cómo está?
-          Está muy mal. Necesito cortarle la pierna ya si no quiere morir. Tenemos que llevárnoslo a nuestro poblado si queremos que viva.
-          Haz lo que creas mejor. Esta gente necesita nuestra ayuda.




Aunque María no hablase muy bien inglés, entendía algunas cosas y al escuchar al matrimonio hablar, se dio cuenta que decían la verdad, que venían a ayudarlos, así que, confiando en ellos, los siguió.




Las mujeres junto con Fausto fueron delante, ya que Liondo llevaría en brazos a Lorenzo hasta el poblado. Al llegar allí, Synte vio que su hija seguía jugando con Yondo y respiró mucho más tranquila.




Parándose, llamó a su hija que se sorprendió al ver que venía con gente extraña.
-          Hija, esta amable gente se va a quedar con nosotros un tiempo. Dales la bienvenida como se merece.




Una dulce Endaya se levantó y saludó efusivamente a María y a Fausto mientras que Synte cogía en brazos a Yondo.




Acercándose a María de nuevo, Synte le presentó a su hijo pequeño. Quería demostrarle a toda costa que no eran mala gente, sino que querían ayudar. María, por su parte, vio ternura en las palabras de aquella mujer con sus hijos y en sus gestos. Se notaba que era una buena madre.




Y Endaya, acercándose a Fausto, le dio un fuerte abrazo.
-          Bienvenido a nuestro hogar.
-          Muchas gracias.
-          ¡Oh! ¿Hablas mi idioma?
-          Sí, en el cole me enseñan inglés.
-          ¿Cole? ¿Qué es el cole?




Fausto sonreía ante la pregunta de aquella niña. ¿Allí no tenían colegio? Seguro que ese sitio le gustaría mucho a nuestro pequeño protagonista…




CONTINUARÁ…

jueves, 28 de junio de 2018

The Jungle || Capítulo 3

CAPÍTULO 3


Llamando a la puerta levemente, Walter entró y se encontró a Rita tumbada en la cama.
-          Siento haber tardado cariño, pero vi que justo Julio recibía visita y no quería que me viera subir.
-          Ah, sería Pocholo, tenían que tratar unos asuntos.
-          Pues no sabía que Pocholo se había cambiado de sexo…
-          ¿El pelele de mi marido ha ligado? No me lo puedo creer.




Unos metros debajo de Rita y Walter, se encontraban los otros amantes que tonteaban sin parar.
-          Dios mío Elly, desde que te vi entrar en la fiesta no pude dejar de mirarte.
-          Y yo desde que te vi tengo ganas de arrancarte esa pajarita que tienes.
-          ¿No te gusta?
-          No. No me gusta nada que tape tu cuerpo…
-          Hum, me gusta tu estilo. Lo vamos a pasar muy bien juntos.
-          No lo sabes tú bien, Julio.




Poco a poco, se fueron acercando hasta juntar sus bocas en un beso apasionado donde sus lenguas jugaron un papel protagonista.




Tras unos minutos intensos sin parar de besarse, Julio se separó dejándola sola porque quería prepararse…




Y apenas dos minutos después, Julio apareció con el albornoz puesto, pero sólo llevaba eso y al ir al salón, se encontró que la ropa de Elly había desaparecido.
-          ¡Menudo cuerpazo!
-          ¿Tu cuarto está arriba? No aguanto más…




Y en la habitación de Rita, Walter y ella disfrutaban de unos placenteros preliminares antes de comenzar a hacer el amor.
-          Me encanta esa sonrisa que tienes cuando estoy a tu lado,-decía él-.
-          Tú me haces ser feliz, olvidarme de mi realidad y mis problemas. Te… Te amo.
-          Oh, yo también te amo.




Justo cuando Elly comenzó a subir las escaleras, Julio la alcanzó a agarrar por la cintura y la bajó al suelo, aprovechando para besarle el cuello y quitarle con sus manos el sostén, haciéndolo caer mientras que dejaba libres esas tetas operadas que tanto le habían gustado.




El amor se hizo presente entre Rita y Walter que, exhaustos, cayeron dormidos tras terminar el acto sexual.




Por su parte, los incestuosos hermanos se habían olvidado de mantener las distancias en casa y Kevin no volvió a su dormitorio…




Y en la otra habitación, la incansable Elly se entregaba al mundo de los sueños tras recorrerse, por lo menos, la mitad de Norteamérica cabalgando sobre su lindo corcel…




A la noche siguiente, sobre las 4 de la mañana, Pocholo iba corriendo hacia el puerto para coger ese barco que lo llevaría a su destino…




Y ese destino no era otro que una remota isla al noroeste de África. No se conocía nada de ella, salvo que nunca había sido pisada por el hombre occidental y tampoco salía en los mapas. ¿Qué secretos escondería?




Había pasado ya una semana desde la partida de Pocholo, cuando alguien en la isla escuchó la bocina del barco. Alertándose, se preguntó qué era ese infernal ruido.




Un hombre salió de una de las casetas y se acercó a la muchacha.
-          ¿Has escuchado eso?-preguntó él-.
-          Sí, parecía como… Un elefante muy grande.
-          Nunca había escuchado nada igual.




Y momentos después, un par de ancianos salieron de otra de las casetas.
-          ¿Qué ha sido ese ruido que hemos escuchado?-quiso saber la señora-.
-          No lo sé, madre. Nunca había escuchado nada semejante a eso,-alegó el chico-.
-          Es un barco,-aclaró el anciano que venía detrás-. Hacía mucho tiempo que no escuchaba uno.
-          ¿Y qué hace un barco por aquí, padre?
-          No tengo ni idea, pero si se dirige hacia aquí puede ser mala señal para nuestro poblado.
-          ¡Iré a ver!




Parándole los pies, su padre detuvo la impulsividad de su hijo.
-          ¡Espera hijo! No sabes a lo que te puedes enfrentar. Dios sabe cuántos hombres pueden ser.
-          Padre, soy el encargado de cuidar el poblado. ¡Tengo que ver si son una amenaza!




La señora, se acercó a la muchacha para hablar con ella.
-          Isabel, tienes que quedarte aquí con nosotros. Puede ser muy peligroso.
-          Vale abuela, me quedaré aquí contigo.
-          No mientas a una pobre anciana. Lo veo en tus ojos. Tienes ganas de ir a descubrir qué ocurre.
-          Hace años que pienso en que un día necesitaremos salir de aquí. Nuestro clan hermano murió sin más descendencia que un hijo y ya sabes que un día desapareció y nunca supimos qué fue de él. Si no queremos sufrir el mismo destino y que nuestra familia se acabe, tendremos que salir a buscarnos un futuro.
-          Me temo que tienes razón, pero no puedo dejar de preocuparme por ti…




El padre le daba consejos a su hijo sobre cómo acercarse sin ser visto.
-          Yondo, es muy importante que me escuches. Mantente lo más agazapado que puedas. Ocúltate entre las ramas, camúflate todo lo bien que puedas. Y no te hagas el héroe. Más vale ser precavido y vivir, que ser valiente y luchar sólo.
-          Padre, confíe en mí. Estoy preparado para esto…




Los ancianos traían calma a los corazones jóvenes, añadían sensatez a la impaciencia nata que tenían sus descendientes y, sin duda, eran los más importantes del clan.




Finalmente, Yondo e Isabel fueron corriendo hacia el monte para, desde la cima, divisar si ese ruido provenía de un barco como había dicho Liondo, el jefe del clan.




Tras una subida costosa, llegaron a la cima y pudieron ver con sus propios ojos que se trataba de un barco muy grande y que parecía acercarse a la isla con gran rapidez.




Bajando más rápido incluso, Isabel se adelantó a su tío Yondo mientras alertaba de la proximidad de un enorme barco.




Mirando a su abuelo, Isabel volvió a repetir que el barco se aproximaba a la isla.
-          Tenemos que convocar asamblea, Synte,-decía con pesar Liondo-. Temía que este momento llegase.
-          Si no hay más remedio…-dijo apenada Synte mientras comenzaba a tocar el cuerno que tenía en la pierna-.




Todo el clan en pleno se reunió al momento alrededor de la fogata.
-          ¿Qué ocurre?-quiso saber Endaya, quien miraba extrañada a su hija Isabel-.
-          Viene un barco, madre.
-          ¿Qué es un barco?-preguntó Rosa, la hermana pequeña de Isabel-.




La expresión de Endaya cambió. Su preocupación era un claro espejo en su cara mientras miraba a su hija.
-          ¿Es cierto eso, hija?
-          Sí, madre. Lo hemos visto el tío Yondo y yo con nuestros propios ojos. Vienen hacia aquí.




Yondo intentaba explicarle a su sobrina qué era un barco.
-          Es parecido a la balsa que utilizamos para pescar, pero mucho más grande.
-          ¿Y por qué vienen aquí?
-          No lo sé, Rosa. No lo sé…




Todos comenzaron a hablar a la vez y no se entendía nada. La preocupación se estaba extendiendo rápidamente y, pegando un grito, Liondo silenció a todo el clan.
-          ¡SILENCIO! Debemos mantener la calma, familia… No sabemos si vienen en son de paz o tienen otras intenciones. Hijo, ¿cómo era el barco?
-          Era muy grande y tenía cosas raras encima.
-          ¿Qué cosas?
-          Parecían recipientes, pero no eran redondos, sino cuadrados.
-          Entiendo… ¿Qué opinas tú, Guengue?




Todos lo miraron a él que, un poco impresionado por todo lo que estaba escuchando, intentó hablar.
-          Es cierto lo que dice el abuelo, no sabemos las intenciones de esos extranjeros. Pero debemos estar atentos ante cualquier cosa. Debemos intentar que no nos vean. Busquemos refugio, escondámonos en algún sitio hasta estar seguros de los planes que tienen. Padre, ¿usted qué opina?




Su padre, bastante pensativo, miró a su hijo con orgullo.
-          Sabias palabras hijo. Te honra tu sabiduría pese a tu juventud. Creo que Guengue tiene razón. Deberíamos permanecer ocultos hasta averiguar las intenciones de esos extraños. ¿Endaya?-dijo mirando a su mujer-.
-          Estoy muy confusa, Fausto. Desde que llegaste tú no hemos vuelto a tener nada parecido a esto.

Espera un momento… ¡¿Fausto?! Así se llamaba el hermano gemelo de Julio… ¿Y si…? No, no era posible.




Liondo escuchaba atentamente las palabras que decían en su clan para, así, tomar la decisión más acertada. Por su parte, Synte agachaba la mirada pensando en que la paz y tranquilidad estaba a punto de truncarse.
-          Está decidido. Permaneceremos ocultos aquí hasta que averigüemos los planes de esos extranjeros. Tendremos que mandar a alguien de nosotros para que se esconda y espíe.




Y sin esperar a que nadie dijera nada, Yondo tomó la palabra.
-          Me ofrezco voluntario, padre. Pero, si le parece bien, me gustaría irme con Fausto. Él fue un extranjero cuando llegó aquí con sus padres y es quien puede saber mejor que nosotros qué es lo que pretenden.




El aludido, manteniendo la mirada fija en Yondo, aceptó.
-          Será un honor averiguar los planes de esos extranjeros a tu lado. Toda mi sabiduría siempre la he aportado a la familia y, hoy más que nunca, demostraré que mi corazón está con vosotros.




CONTINUARÁ…