lunes, 6 de agosto de 2018

The Jungle || Capítulo 14


Nada más salir de la caseta, Rosa pudo ver a su abuelo tirado en el suelo rodeado de un montón de sangre. Gritando de dolor y comenzando a llorar de nuevo, quiso echarse al suelo pero Pocholo la agarró y no se lo permitió.




Apareciendo Julio en el campo visual de la muchacha, Rosa vio por primera vez al hermano gemelo de su padre y, por un momento, creyó estar a salvo pero no… Su padre no estaba allí y los hombres de la familia habían muerto, por lo que estaba sola ante el peligro…
-          Vaya, vaya, vaya… Pero mira a quién tenemos aquí…-dijo Julio-.
-          ¿Has visto jefe? Una negra con los ojos azules.
-          Reconozco esos ojos… Son los de mi familia y esta es otra hija de mi hermano. Pues sí que le ha cundido al cabrón. ¿Qué quieres hacer con ella?
-          Reventarle todos los agujeros de su cuerpo. ¿Me podría hacer unas fotos mientras me la follo? Quiero tenerlo de recuerdo…




Y dicho eso, Pocholo le arrancó la ropa a la chica que intentaba taparse y escapar de ese suplicio, pero la tenía bien agarrada y no podía soltarse. Poniendo a Rosa a cuatro patas, comenzó a penetrarla dura y bruscamente, haciendo gritar a la muchacha de dolor, ya que aún seguía siendo virgen.
-          Qué apretado tienes el coño, hija de puta.
-          ¡Ahhhh! ¡¡¡Me duele!!!
-          ¡Jefe! Graba esto, graba… Ohhhhh, sí nena…




Julio sonreía mientras le hacía fotos y pequeños vídeos a Pocholo. No le importaba el dolor que podía estar ocasionando, sino que su objetivo era acabar con todo lo relacionado con su hermano y lo estaba consiguiendo.




Dejando a Pocholo a lo suyo, Julio se desnudó y entró en la casa para hacer lo mismo que su mano derecha, pero él con Endaya… La mujer permanecía semiinconsciente en el suelo y apenas se movía, pero de eso ya se encargaría Julio.
-          Vamos puta, ¡levanta! Veamos si eres tan buena para follar como para tener hijos…




Sacándola a la fuerza de la caseta, Julio no le dejó ni acercarse a su madre que yacía muerta apoyada en la pared. La cara de Endaya presentaba heridas de los golpes que le había dado Pocholo unos minutos antes, pero el daño psicológico estaba siendo mucho más fuerte que los físicos…




Nada más salir, vio cómo su hija Rosa estaba siendo brutalmente violada por Pocholo, así que corrió hacia ella para intentar sacarla de ahí.




A Rosa no le quedaban más lágrimas en su cuerpo y ya había perdido la voz de tanto gritar a causa del dolor que le estaba provocando Pocholo, pero miraba a su madre con tristeza y desesperación, queriendo salir de ahí…




Pero justo antes de poder agarrar a su hija, Julio apuntó con la pistola a Endaya, haciéndole parar en seco.
-          Más te vale no hacer una tontería o te llevarás un disparo en el estómago, hija de la gran puta. Ahora ven aquí, quiero que tu hija nos vea follar para que aprenda cómo lo hacen los profesionales…




Llevándosela junto a la pared de la caseta, Julio soltó el arma y obligó a Endaya a practicarle sexo oral. Julio agarraba la cabeza femenina para que se la metiera entera en la boca, lo que le provocada arcadas que la llevaban casi al vómito. Pero pese a estar en esa situación, por el rabillo del ojo pudo ver algo que la sorprendió…




Nada más y nada menos que Guengue había aparecido en escena. ¿No había muerto? Afortunadamente para él, su tío había parado todas las balas al interponerse, pero lo creyeron muerto por el shock que se llevó y por quedarse completamente inmóvil en el suelo… A veces era mejor esperar y llevar a cabo un plan antes que hacerse el héroe. Su abuelo siempre se lo había dicho. Portando un arma, comenzó su plan…
-          Madre, Rosa, ¡salid de aquí!-gritó Guengue-.
-          Esto por hijo de puta,-dijo Endaya justo antes de morderle el miembro a Julio-.
-          ¡Tú no te vas a ningún lado!-dijo Pocholo agarrando el pie izquierdo de la chica, pero Rosa fue más rápida y le pegó una patada con su pierna derecha-.




Guengue no sabía usar muy bien esa arma, pero por lo que había visto antes a Pocholo, creía saber que pulsando esa especie de palanca, dispararía. ¿Y de dónde había sacado la pistola? Pues bien, al comprobar que se habían ido Julio y Pocholo, retrocedió sus pasos y vio el helicóptero, así que entró y pudo ver que había una pistola tirada en el suelo, por lo que la agarró y volvió lo más rápido que pudo a su aldea.




Levantándose del suelo, Pocholo se hizo el tipo duro.
-          Pero bueno… Si es el chico de Fausto… Te creía muerto.
-          Pues ya me ves, sigo vivito y coleando. Ahora quédate quieto si no quieres que te mate.
-          ¿Matar? ¿Tú? Chaval, si nunca habías visto una de esas, ¿qué me estás contando? Anda, ven aquí y dame la pistola.
-          ¡Te he dicho que te quedes quieto!




Pero Pocholo seguía avanzando con paso decidido.
-          Mira, si me das el arma te prometo que te dejaré con vida.
-          No me voy a creer nada de lo que me digas, maldita escoria.
-          Bueno… Haces bien, porque te iba a matar de todas maneras. Ahora venga, dame la pistola.
-          ¡Que te quedes quieto he dicho!




Pocholo se hacía el sordo y continuó avanzando hasta colocarse la pistola en la garganta. Se creía muy valiente, pero Guengue era más listo de lo que él creía.
-          Venga, a ver si sabes dispararme… Estoy impaciente porque me demuestres tu valentía. ¡Sé un hombre y mátame!
-          No necesito demostrar que soy un hombre matando o violando a chicas indefensas.
-          Oh vaya, nos ha salido santurrón, jefe.
-          No quiero matarte…
-          Venga, hazlo. ¡HAZLO! Mira ahí detrás, hemos matado a tu abuelo, a tu tío y a tu abuela… ¡Véngate de ellos! ¡MÁTAME!




Una ira irrefrenable le recorrió cada vena del cuerpo a Guengue que comenzó a disparar indiscriminadamente a Pocholo que cayó muerto al suelo.




Julio miraba la escena mientras se agarraba su miembro, ya que seguía sangrando después del mordisco que se había llevado por culpa de Endaya. Ver a su mano derecha y a su más fiel amigo tirado en el suelo muerto a manos del hijo de su hermano lo había enfadado y mucho. ¡Pocholo no se merecía morir de esa manera!




Corriendo hacia su sobrino al compás de un “¡Hijo de puta!” que resonó en toda la isla, Guengue se giró rápidamente y llegó a disparar el arma con la suerte de que le quedaba una última bala en el cargador…




Parándose en seco, Julio vio en cámara lenta cómo la bala salía de la pistola hasta que impactó en su frente… El reinado del terror de Julio, había finalizado.




Estaba ya atardeciendo cuando Guengue, Endaya y Rosa terminaron de enterrar a Liondo, a Synte y a Yondo. Ninguno decía nada, estaban en silencio, cavando y enterrando a sus seres queridos, pensando en los que se habían ido y de los que no sabían si seguirían vivos o, por el contrario, aquellos dos malnacidos los habían matado también.




Guengue aún no podía creer lo que había hecho horas antes… ¡Había acabado con la vida de dos seres humanos! Nunca antes le había ocurrido nada parecido y, pese a ser necesario lo que había hecho, le costaría mucho olvidar aquella terrible imagen de su cabeza.




Rosa, en shock y dolorida tras la violación, se consolaba frente al fuego pensando en que sus abuelos, su tío y, posiblemente, su padre y su hermana, ya no sufrirían más, sino que tendrían el eterno descanso que tanto se habían ganado.




Endaya miraba las tumbas de sus familiares y no podía creer que sus padres y su hermano pequeño, al que tanto adoraba, ya descansaban en paz. Esa mañana se habían levantado como cada día y, unas horas después, ella los enterraba… ¿Por qué la vida era así de injusta?




Endaya pensaba en los acontecimientos recientes que habían azotado a su familia y no comprendía qué habían hecho ellos para merecer tanto dolor. Primero el secuestro de su hija Isabel, después su marido había ido en su busca y también desapareció, luego vienen aquellos dos hombres y matan a su hermano, a su padre y su madre muere de pena… ¿Por qué les ocurría todo aquello?




Yéndose a por su hijo, lo abrazó mientras seguía pensando en lo que ellos podían haber hecho para merecer todo aquello, pensamiento que compartió con su hijo.
-          Madre, ninguno sabemos el por qué la vida trata a algunos con benevolencia y a otros a golpe de espada, pero está en nosotros seguir adelante y continuar, pese a que la vida nos castigue.




Guengue intentaba mantener la calma y no derrumbarse frente a su madre ni a su hermana, pero no podía evitar que se le escapara una lágrima de vez en cuando. Casi toda su familia había muerto en cuestión de minutos… ¿Cómo se reacciona a una cosa así?




Mirando a Rosa, Guengue la abrazó fuertemente contra su pecho mientras le decía palabras de ánimo.
-          Rosa, ya ha pasado todo, cielo. Estás a salvo con nosotros, ¿eh? Nos tienes a madre y a mí para protegerte de cualquier mal que pueda presentarse. No temas…




Y uniéndose a ellos, Endaya los abrazó con fuerza. Ahora sólo se tenían a ellos y nada ni nadie iban a separarlos bajo ningún concepto.




Unidos tal y como estaban desapareció, por unos instantes, ese miedo que tenían. Se sintieron a salvo, notar el contacto de sus pieles, todos juntos, mientras se daban continuas pruebas de amor y afecto… Eso era lo que ellos necesitaban.




No tenían mucho apetito, pero se forzaron a comer algo para no irse a la cama con el estómago vacío, por lo que encendieron la hoguera y prepararon los peces.




Tras la cena, que transcurrió más en silencio que nunca, Guengue se quedó para apagar el fuego y su madre y su hermana iban dentro de la caseta para, por fin, descansar tras ese largo día.




Aunque él tenía su propia caseta, a partir de esa noche volvería a dormir con ellas, ya que no iba a permitirse dejarlas solas después de todo lo que había ocurrido.
-          Ya está el fuego apagado, madre.
-          Bien. Ahora descansemos lo que podamos… Necesitamos dormir.




Pero aquello no había terminado todavía… Un ruido como de un avión resonó en la silenciosa isla, por lo que Guengue corrió hacia el exterior de la caseta.
-          No, otra vez no… ¿Cuándo acabará esto?




CONTINUARÁ…



jueves, 2 de agosto de 2018

The Jungle || Capítulo 13


Pocholo más o menos conocía la isla de cuando estuvo ahí, así que hizo de guía a Julio mientras le explicaba y contaba qué cosas ocurrieron en cada lugar exacto.
-          Y aquí fue donde secuestré a la negra.
-          ¿Qué sitio es este?
-          No lo sé, pero con esas cosas tan raras clavadas en el suelo… Es un lugar extraño.




Y mirando hacia el laguito, Julio quiso saber si ahí era donde se habían escondido como Pocholo le había dicho tiempo atrás.
-          Creo que sí. Al menos vi cómo uno de los negros se metía ahí y no salía, así que bajo el agua tiene que haber otra salida oculta…
-          Qué cabrones… Hay que tener cuidado porque estamos en su territorio y ellos se conocen mejor el lugar que nosotros.




Julio pensaba en la suerte que había tenido Fausto al haber caído allí con sus padres. Habían descubierto una isla preciosa, llena de secretos y con una gente que los acogió. Creció feliz, tuvo hijos, vio a sus padres envejecer… Y mientras tanto, él luchaba en la ciudad por ganarse la vida hasta que decidió dar el gran golpe y comenzar a fabricar y vender su propia droga. La vida había sido muy injusta para él y era el momento de cambiar las tornas… Le había llegado la hora de sufrir a Fausto.




Apareciéndose de frente a ellos dos, Guengue y Yondo se quedaron inmóviles. En su corazón creyeron que serían Fausto e Isabel, pero al ver a dos personas distintas se desilusionaron y, a la vez, se pusieron en guardia.
-          ¿Quiénes sois y qué hacéis en nuestra isla?-preguntó enérgico Yondo-.
-          ¿Padre? ¿Es usted?-quiso saber Guengue-.




Julio no lo podía creer, ese chico era otro hijo de su hermano… De momento sabía de la existencia de dos, pero… ¿tendría más sorpresas? ¿Y quién era el negro que iba a su lado? Cierto es que todo lo relacionado con Fausto, le resultaba repulsivo a Julio.
-          No chaval, no soy tu padre. Mi nombre es Julio.
-          ¿Julio? ¿Usted es… mi tío?
-          Por desgracia sí, pero no por mucho tiempo.
-          ¿No me recuerdas?-preguntó Pocholo dirigiéndose a Yondo-. ¡Negro! Te hablo a ti…
-          Sí… Tú eres el cabrón que secuestró a mi sobrina. ¡Hijo de puta! ¿Dónde está?-dijo Yondo nervioso-.
-          Pasó a mejor vida…-mintió Pocholo-.




Guengue no podría creérselo. ¿Su hermana había muerto? ¿Y su padre? ¿Dónde estaba? ¿También lo habían matado?
-          ¡¿Por qué nos hacéis esto?!-gritó Guengue con lágrimas en los ojos-. ¿Qué os hemos hecho para que nos hagáis esto?
-          Existir. Ninguno de vosotros debería vivir a costa de la desgracia de otros. Tu padre vivió aquí feliz, olvidándose de mí, de que yo existía. Nunca les perdonaré que él y mis padres me abandonaran. Y todo por culpa de Fausto… Era más importante ir a Europa para que entrara en una escuela de música antes que quedarse conmigo en casa… ¡Siempre lo prefirieron a él! Yo fui el que sobraba, al que nunca querían, el que era peor en todo… ¡Pues aquí estoy! He subido a la cima del mundo, soy millonario y tengo lo que me da la gana.
-          No. Podrás tener de todo, pero te falta una cosa… Amor,-lapidó Yondo-.




Yondo sonreía cínicamente a Julio justo antes de comenzar a hablar.
-          ¿Cómo dices?-dijo un iracundo Julio-.
-          Hablas como un niño malcriado. Fausto no fue feliz siempre. ¿Te tengo que recordar que un niño de OCHO AÑOS tuvo que vivir cómo el avión en el que viajaba se iba a pique? ¿Y que sobrevivió a un salto en paracaídas? ¿A vivir con lo puesto en una isla casi desierta? ¿Que tuvo que fiarse de una gente que no conocía? ¿Que tuvo que ver a su padre sufrir mientras le cortaban la pierna? ¿Y tú te quejas de tu vida? Sólo piensas en ti mismo, Julio. Sí, me sé tu nombre perfectamente. ¿Sabes por qué? Por todas las veces que tus padres nos hablaban de ti, de cómo Fausto se dormía mientras lloraba diciendo tu nombre, de cómo echaba de menos jugar contigo, hablar de vuestras cosas, de contarte que estaba enamorado de mi hermana… ¿Y tú encima tienes la cara dura de hacerte la víctima? Eres un desgraciado.




Julio no cabía en sí de la ira y, ordenándole a Pocholo que sacara el arma, éste apuntó directamente a Yondo.
-          Quieto negro, si no quieres que te vuele la tapa de los sesos,-amenazó Pocholo-.
-          Pocholo, a éste no lo mates. Mata mejor a mi sobrino… Quiero verlo sufrir,-mandó Julio-.
-          Anda,  ¿te llamas Pocholo? Yo creía que te llamabas pelele…-comentó Guengue-.
-          ¡Te vas a enterar!-gritó Pocholo muy enfadado-.




Abriendo fuego, Yondo dio un paso al frente lo más rápido que pudo para intentar ponerse delante de su sobrino…




Ambos se cayeron al suelo y Yondo comenzó a recibir disparos en su espalda mientras que Guengue yacía inmóvil debajo de él.
-          Gue…Guengu…Guengue… No t-te mu… mueras…




Una gran sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Julio mientras felicitaba a Pocholo, que comenzó a alardear de puntería y de buen gusto a la hora de escoger el arma…




Yondo, por desgracia, moría junto a su sobrino Guengue. Había intentado por todos los medios salvar la vida de su sobrino, pero lo que había conseguido era que lo matasen a él…




Acercándose a los cuerpos inertes, Julio sacó el móvil dispuesto a hacerles una foto.
-          Ojalá pudiera ver la cara que se le va a quedar a la puta de Rita cuando vea la foto que le voy a mandar…
-          ¿Qué tiene que ver su mujer en todo esto?
-          Pues que la puerca ayudó a la negra esa y cuando escapó mi hermano, mi hijo estaba con ella, así que si le envío la foto a mi querida esposa, estoy seguro que lo verá mi hermanito del alma… A ver, decid: ¡PATATA!-dijo cínicamente a Guengue y Yondo-.




A miles de kilómetros de distancia, la familia de Rita había vuelto a la casa familiar, ya que dos coches del FBI vigilaban los alrededores del lugar y Hugo estaba con ellos.
-          De verdad Hugo, puedo hacer yo de comer, no te preocupes,-insistía Rita-.
-          Nada mujer. Me apetece hacerle la comida a la persona que más quiero en este mundo…
-          Ay, qué cosas tienes,-llegó a decir Rita justo cuando le sonó el móvil-. Uy, un mensaje, ¿quién podrá ser?




Al mirar el móvil y ver que provenía de Julio se asustó y, abriendo el archivo, pudo ver que era una foto de dos cuerpos en el suelo, uno de ellos con la espalda agujereada.
-          Dios, voy a vomitar…-dijo Rita tirando el móvil al suelo-.




Levantándose rápidamente del sillón, Fausto miró a Rita preocupado. Isabel y Kevin también miraron a la mujer que corría hacia el servicio.
-          ¿Qué ocurre?-preguntaron todos-.




Yendo a por el móvil, Fausto lo cogió del suelo y al ver la foto que había se quedó sin palabras…
-          No… No puede ser…




De vuelta en la isla, en el poblado habían escuchado los disparos y, muy asustados, decidieron esconderse en sus casas. Liondo animaba a su mujer a que se diera prisa, pero los pasos lentos de Synte no daban para más.
-          Cariño, date prisa. Tenemos que escondernos…




Endaya ordenó a su hija menor que se metiera dentro mientras que ella apagaba el fuego. Si creían que no estaban, tal vez se dieran por vencidos…




Llegando a la puerta, Liondo paró a su mujer.
-          Cielo, es mi deber como el patriarca de la familia el defender nuestro hogar… Cuida a las niñas.
-          No Liondo, te matarán…
-          Que sea lo que Dios quiera. Si he de morir, que sea defendiendo a los que más quiero en este mundo. Te amo golondrina.




Y minutos después, aparecieron los “pacifistas” de Julio y Pocholo.
-          Bah, pero si es un viejo,-dijo Pocholo carcajeándose-.
-          Este viejo podría ser tu abuelo, jovencito.
-          Deja al anciano en paz… Debe enterrar a su hijo y a su nieto. Uy, ¿no lo sabía? Perdón…-dijo Julio en tono irónico-.




Liondo permaneció completamente serio mientras no dejaba de mirar fijamente a Julio.
-          Qué pena me das, Julio. Cuánto te pareces a tu hermano y qué diferentes sois el uno del otro. ¿Qué le lleva a una persona a asesinar a sangre fría a su familia? No lo entenderé nunca y menos a mis años. He vivido muchas cosas y no todas agradables, pero lo que sé es que, aunque mi hijo y mi nieto hayan muerto, ya se encuentran en paz y descansando. Pero no puedo decir lo mismo de ti… Siento que cargas con un gran dolor desde hace tiempo, lo veo en tus ojos… ¿Por qué le guardas rencor a tu hermano?
-          Este viejo no sabe lo que dice jajaja,-intentaba ridiculizar Julio a Liondo-.




Pero Liondo no había hecho nada más que empezar a hablar.
-          No intentes reírte de mí, porque un día, si Dios quiere, llegarás a viejo, como yo soy ahora. Y si tienes suerte, podrás ver a tus nietos, abrazarlos, verlos crecer… Pero no, eso a ti no te pasará porque a ti te mueve el rencor y la ira, dos potentes enemigos de la vida que, cuando se juntan, forman un agujero negro que arrastra todo a su paso… Lo peor es que te acabará arrastrando a ti y te consumirás en tu propio odio.
-          Este viejo no dice nada más que gilipolleces, Julio. ¿Lo mato ya?-preguntó Pocholo-.
-          Matadme, torturadme si queréis, pero Julio sabe que digo la verdad. He tenido una vida plena donde he pasado buenos y malos momentos pero, sin duda, lo mejor de mi vida ha sido AMAR y SER AMADO. ¿Podrías decir tú eso, Julio? Me temo que no… Sólo hay que mirarte para darse cuenta que el odio ha podido contigo. ¡Mira a tus padres! Están enterrados ahí detrás y te puedo asegurar que, desde ahí arriba, no podrán estar más avergonzados de ti.




Sin esperar un segundo más, Julio sacó dos pistolas que tenía guardadas y apuntó con ellas a Liondo.
-          Me has tocado demasiado los huevos. Di tus últimas palabras antes de morir, ¡viejo asqueroso!




Mirando fijamente a Julio, sin parpadear, contestó.
-          Tu hermano siempre ha sido mejor hombre de lo que tú serás nunca…




Pocholo abrió los ojos de par en par mientras veía cómo las balas iban entrando en el cuerpo del anciano que cayó al suelo muerto y comenzando a sangrar abundantemente…




Tras asesinar a Liondo, Julio fue en busca de las tumbas de Lorenzo y María. No les dijo nada, sólo los miró con cara de desprecio y escupió en el suelo.




Julio había perdido el norte y su cabeza sólo pensaba en una cosa, hacer sufrir a su hermano, por lo que… ¿Qué haría? Oh sí… Ir a por las mujeres de la familia feliz.




Pocholo entró en las casas una por una hasta que en una de ellas se encontró a Endaya que protegía a su hija Rosa y a su madre Synte.
-          Pero mira a quién tenemos aquí… Tú debes ser la madre de la asquerosa hija de Fausto.
-          Su nombre es Isabel, desgraciado. ¿Qué has hecho con mi padre?
-          Uy, yo nada… Pero el jefe lo ha dejado como un colador. ¿Sabes lo que es eso?-dijo aproximándose a ella-.
-          Ni se te ocurra tocar a ninguna de ellas, cabrón.
-          No te preocupes, no les pienso hacer daño. Sólo quiero comprobar si son mejores que la otra.
-          ¿Dónde está Isabel?
-          En el fondo del océano, haciendo compañía a Fausto,-mintió a propósito para hacerles más daño-.




Synte agarraba a su nieta que lloraba desconsolada en silencio mientras que su pobre abuela perdía las fuerzas a cada minuto que pasaba…




Acercándose a Endaya, Pocholo comenzó a pegarle guantazos en la cara hasta dejarla inconsciente en el suelo. Cuando miró hacia el fondo, pudo ver a Rosa.
-          Pero mira quién tenemos aquí… Si eres la pequeña de la familia, ¿no? ¿Qué edad tienes?
-          ¡Vete al infierno!
-          Uh, tienes carácter, me gusta… Nos lo vamos a pasar muy bien tú y yo, zorra.




Agarrándola del brazo, Pocholo la puso delante de él, obligándola a salir de allí mientras la apuntaba por la espalda.
-          ¡Camina, puta!




Por desgracia, la falta de energía de Synte, unidas a los sonidos de disparos y las falsas noticias de las muertes de Isabel y Fausto, hicieron que el cansado corazón de la anciana se parara y dejara de latir…




CONTINUARÁ…